Hace unos meses revisando la página de BBC conocí la increíble historia de Sir Nicholas Winton, quien hoy tiene 105 años de edad y esa sola razón ya lo convierte en uno de los seres humanos más longevos.

Esta historia fue también tema central del prestigioso programa norteamericano 60 minutes hace pocos días, en el cual se le rindió homenaje a este héroe de la Segunda Guerra Mundial, cuya historia personal parece salida de la trama de una novela de suspenso.

Lo que hizo Nicholas Winton me hace reflexionar profundamente acerca de la bondad esencial que puede mover a las personas en medio del odio y la crueldad, cuando alguien asume una responsabilidad titánica, poniendo en riesgo su propia vida, solamente porque sabe que debe hacer lo correcto.

La retomo hoy que en Costa Rica se conmemora el Día Universal del Niño, cumpliendo así con la resolución de Naciones Unidas de 1954 en la que se recomendó instituir una fecha para que cada país miembro destinara un día especial “a la fraternidad y a la comprensión entre los niños del mundo y destinado a actividades para la promoción del bienestar y de los derechos de los niños del mundo”. A partir de ese momento y en distintos años, los países miembros fueron adoptando el Día del Niño en fechas que consideraron oportunas, por lo cual no hay coincidencia en los días que realizan  las conmemoraciones, pero sí en la esencia del compromiso adquirido por las Naciones Unidas hace 60 años.

Cuando Nicholas Winton toma las decisiones que toma no existían los Derechos de los Niños, que recién fueron oficializados en 1959, 20 años después de lo que acaeció en la historia que estoy narrando, y posiblemente tampoco hubieran sido de ayuda si vemos cuántos infantes han muerto en guerras y otros actos de violencia extrema antes y después de estos compromisos mundiales.

Nicholas Winton tenía apenas 29 años de edad y la Segunda Guerra Mundial estaba por iniciar. Nacido en Inglaterra en el seno de una familia de inmigrantes judíos alemanes, su vida hasta ese momento fue tranquila y acomodada, ya que sus padres habían logrado una posición dentro de la burguesía inglesa. Por estas razones, el joven Winton pudo estudiar y en 1931, empezó a trabajar como agente de bolsa en Londres, su ciudad natal.

Para las vacaciones de 1938 Winton pensaba ir a esquiar a Suiza, pero su amigo Martin Blake le propuso que fuera a Praga y lo ayudara a trabajar en los campos de refugiados que existían en Checoslovaquia, en los cuales miles de personas, incluyendo muchos niños judíos, estaban viviendo en condiciones miserables.

Cuando el joven Winton, que había dejado sus esquís en casa, enfrentó esta nueva realidad que desconocía totalmente, algo en él se conmovió profundamente y su vida dio un giro totalmente inesperado.

En la soledad de su buen hotel en Praga, decidió elaborar un plan que le permitiera sacar de esa zona a la mayor cantidad de niños judíos, para darles un hogar en otras naciones y salvarles la vida. Esto sucedía en 1938, cuando aun no había iniciado la Segunda Guerra Mundial, pero el nazismo alemán estaba extendiendo su bota antisemita desde 1933 por el centro de Europa.

En muy en poco tiempo se perpetraría uno de los mayores genocidios en la historia humana, el Holocausto o Shoáh, que llevaría a la muerte a 6 millones de judíos, de ellos más de un millón de niños, quienes perderían la vida asesinados o cremados en hornos de campos de exterminio.

Aunque las principales víctimas del odio racial nazi fueron los judíos, cuya población en Europa para 1933 era de 9 millones y al finalizar la Segunda Guerra Mundial no alcanzaba los 3 millones, entre las otras víctimas se incluyen 200 mil romaníes (gitanos), una cifra igual de personas discapacitadas física o mentalmente, en su mayoría alemanes y que vivían en instituciones, opositores políticos, religiosos católicos que trataron de salvar vidas, presos de los movimientos de resistencia, Testigos de Jehová, homosexuales, entre otros.

Pero el joven Nicholas Winton no sabía que esto vendría, aunque algo en su fuero interno le hizo presentir que esos miles de niños que atiborraban los campos de refugiados checos no tendrían opciones para sobrevivir en poco tiempo, y tenía razón.

En medio del temor que ya rondaba a los judíos checoslovacos, muchos supieron de las intenciones de este desconocido joven inglés, que quería ayudar a sus niños, salvarles la vida y ofrecerles hogar en otras naciones, fuera del horror nazi. Por esta razón, centenares de familias empezaron a buscarlo para que incluyera a sus hijos en este plan que trataba de organizar, a sabiendas que muy probablemente nunca volverían a verlos.

Fue tal el alud de solicitudes que Winton debió abrir una oficina, con la ayuda de su amigo Trevor Chadwick, quien se ocupó personalmente de ese despacho. Viendo la enormidad de este problema decidió solicitar apoyo de distintas naciones acreditadas en Checoslovaquia para que proveyeran documentos y ayuda a los niños que pretendía sacar de ahí, pero de todos los embajadores contactados solamente el de Suecia accedió a ocuparse de un grupo de estos pequeños.

Por su parte, Gran Bretaña prometió aceptar a los que fueran menores de 18 años, pero sólo si antes encontraba a familias dispuestas a acogerlos y que además deberían comprometerse a abonar por anticipado un depósito de 50 libras por cada niño, para pagar su supuesta vuelta a casa, lo que nunca sucedió porque cuando finalizó esta hecatombe no tenían hogar ni familia a la cual regresar.

Nicholas Winton terminó sus llamadas vacaciones en 1938 y debió regresar a su trabajo en Londres, pero eso no le impidió  continuar su plan de rescate y ahí creó “El Comité Británico para los Refugiados de Checoslovaquia, Sección para Niños”, la cual al inicio solo contaba con él, su madre, su secretaria y unos cuantos voluntarios.

Bajo este nombre debieron buscar los fondos necesarios para pagar el transporte de los niños desde Checoslovaquia hacia Bretaña, además de encontrar familias que se hicieran cargo de ellos hasta que la guerra finalizara y pudieran volver a sus hogares, como se esperaba, además de pagar las 50 libras que reclamaba el gobierno.

Winton comenzó a publicar anuncios en los diarios británicos, en las iglesias y en las sinagogas solicitando ayuda, y tuvo una excelente respuesta de los londinenses, por lo que en unas semanas, centenares de familias aceptaron acoger a los niños y aportaron el dinero necesario como para iniciar los transportes desde Checoslovaquia hasta la capital inglesa.

El primer grupo rescatado pudo salir de Checoslovaquia en avión, el 14 de marzo de 1939 en avión, y en los.siguientes meses hubo otros siete transportes, todos por tren, los cuales llegaban a su destino final en Liverpool Street, donde los niños eran recibidos por sus familias de acogida. El último tuvo lugar el 2 de agosto, porque se esperaba que el octavo tren saldría de Praga el 1 de setiembre con otros 250 niños, pero ese mismo día Alemania invadió Polonia y cerró sus fronteras. Este último tren desapareció sin que se supiera nunca más de sus 250 menores ocupantes, quienes se sumaron así a más de 15000 niños asesinados en Checoslovaquia durante la Segunda Guerra Mundial.

Pero la labor de Nicholas Winton, su hombría de bien, su decisión de oponerse a todos los obstáculos salvó de una muerte horrible a 669 niños judíos, y lo hizo sin esperar ninguna condecoración ni recompensa, solamente porque sintió que era lo correcto.

Luego de la guerra él continuó su vida, su trabajo, construyó su propia familia y nunca supo del destino de sus niños rescatados, esos que él condujo con amor y bondad fuera de las garras del nazismo. Pero en 1988, su esposa Greta encontró un viejo maletín de cuero escondido en el desván  de la casa, y al abrirlo se topó con las fotos de 669 niños, una lista con el nombre de todos ellos y algunas cartas de sus padres.

Por este motivo Nicholas Winton le contó la historia de salvación detrás de cada foto y ella tomó la decisión de que esto debía conocerse, contactando en ese momento a Elisabeth Maxwell, historiadora especializada en el la Shoáh y mujer del magnate de la comunicación Robert Maxwell, propietario de periódicos como el  Dayly Mirror y el Sunday Mirror.

Para Maxwell, cuyas raíces eran checas, la historia de Winton fue una verdadera sacudida emocional y la publicó en sus diarios, lo que llevó a que otros medios ingleses hicieran eco de sus acciones y pasó de ser un héroe anónimo a un personaje mundial, siendo condecorado tanto en su país como en la antigua Checoslovaquia, incluso fue nominado al Premio Nobel de la Paz y su historia inspiró dos filmes: uno checo, All my loved ones, y Nicholas Winton: The Power of Goodun documental que ganó un Emmy en 2002.

Pero nada de esto se le subió a la cabeza a este anciano, que en su juventud fue un héroe y luego calló porque nunca sintió que había hecho nada más que lo correcto.

Como comentaba al principio, hace apenas unos días, a sus 105 años de vida, fue invitado a una supuesta entrevista en el afamado programa norteamericano 60 minutes. Ahí,el periodista, se volvió hacia el auditorio y preguntó: ¿Alguno de los presentes le debe la vida a Nicholas Winton?

En un segundo, 669 sillas quedaron vacías y aquellos niños, hoy venerables ancianos, se alzaron en pie para ovacionar a aquel joven que logró sacarlos de la muerte y darles un futuro, junto a familias que los acogieron y los vieron convertirse en los hombres y mujeres que sus padres soñaron cuando los despidieron, por última vez, al borde de esos trenes salvadores.

Con la cara iluminada por la emoción Nicholas Winton mostró una gran sonrisa al decir: “Ahora sé que tengo miles de nietos y bisnietos”.

Escribo esta historia como homenaje a todos los niños y niñas que nunca pudieron subir a trenes salvadores y no vieron hijos, nietos o bisnietos, y para  todos aquellos que hoy tienen sus infancia secuestrada por guerras, hambre y falta de oportunidades, y sabemos que son millones en el mundo a pesar de su carta de Derechos del Niño.

Pero la cuento sobretodo para que siempre sepamos que, en medio del odio y la crueldad existen personas buenas, de corazón valiente, dispuestas a hacer el bien porque es lo correcto, sin dudarlo y sin esperar nada a cambio.

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Mariana Lev

Periodista, relacionista pública, poeta
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