Usted o yo abrimos el diario en la mañana, si es que aun recibimos el impreso, y en un rato de lectura casi siempre apurada por la salida al trabajo, corroboramos lo que por diversas fuentes recibimos durante el día anterior o bien antes de sentarnos a leer.

Hace unos años una salsa (me refiero al baile latino) decía en un estribillo “tu amor es un periódico de ayer”, lo que para quienes en aquel momento teníamos esto como referencia noticiosa nos dejaba clarísimo que la relación estaba atrás, como el pedazo de papel impreso que se desactualizaba cada día.

Posiblemente si tuviéramos que extrapolar esa comparación a lo que vivimos hoy en términos informativos diríamos que es un tweet de hace 30 segundos. Y no exagero, porque las noticias son parte de la cotidianidad de millones de personas, que tienen acceso a la información en vivo y directo desde sus teléfonos celulares, computadoras o bien por los medios más tradicionales, que respondiendo a esta efervescencia también han desarrollado sus espacios cibernéticos complementarios,

Pero todo exceso tiene su precio y este abrumador peso de la información, buena, mala, verdadera o falsa, puede llevar al extremo contrario que es precisamente estar desinformados.

Repase un minuto lo que usted buscó o recibió este día o ayer en materia informativa y trate de retener las principales noticias que lo impactaron. Es probable que se sorprenda con la escasa retención que tuvo de temas trascendentes, sobretodo de contenidos, versus un desfile de titulares que le quedaron grabados en su memoria.

No es que me oponga a la información, sería ir contra el avance de las tecnologías que permiten llevarla a más personas, pero sí me cuestiono lo que tantas y tantas noticias, de toda índole, terminan causando en la psique colectiva.

Ejemplos recientes de notas falsas o fotos trucadas han generado manifestaciones inflamadas porque se dan por ciertas, aunque los medios reconozcan luego que las pusieron bajo amenazas de muerte o situaciones similares.

Además, vivir los acontecimientos en directo impacta de tal manera que muchas veces se genera una insensibilidad ante los mismos, se los ve como si fueran programas de televisión pero con muertos reales, a los que nos acostumbramos y eso también es peligroso.

En el último mes, solo para citar algunos ejemplos, hemos visto a los enfermos de ébola, la guerra entre Ucrania y Rusia, el conflicto entre Hamas e Israel, el avance de ISIS y los ataques estadounidenses, la muerte del adolescente negro en Ferguson y las manifestaciones, y el suicidio de Robin Williams, todo al mismo tiempo y con la misma intensidad, principalmente en las cadenas de televisión norteamericanas.

En el caso de los conflictos internacionales se trata de temas tan complejos que tienen implicaciones severas para la llamada paz mundial, si es que esta ha existido alguna vez, por lo que deben ser analizados con seriedad y no convertirlos en la actividad circense del momento, que será reemplazada por otra en el próximo tweet.

Los medios informativos mantienen su responsabilidad histórica de ofrecer noticias que sus seguidores puedan comprender y formar su criterio basados en información seria y confiable, pero si se comportan como grandes twiteros terminarán perdiendo el espacio que aun tienen en esta vorágine que al parecer se los está llevando por delante.

 

 

 

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Mariana Lev

Periodista, relacionista pública, poeta
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