Costa Rica envejece aceleradamente y se prevé que en un par de décadas o antes el país contará con más personas de la llamada tercera edad que niños en las aulas. Ya algunos expertos han señalado que los gobiernos deben abocarse desde ya a crear los mecanismos necesarios para atender una población adulta mayor, teniendo en cuenta que el promedio de vida actual en el país es de casi 80 años, uno de los más altos en el mundo como comenté en un artículo anterior.

Pero lo cierto es que estamos más que cortos en la atención integral de un gran grupo de costarricenses que ya pasan hoy de los 70 años y en algunos casos que son de curiosidad mundial sobrellevan más de 100, la mayoría de ellos viviendo con sus familias si las tienen, solos en gran parte o en instituciones públicas y privadas destinadas a este tipo de ciudadanos.

Con la edad vienen una serie de inconvenientes mayores porque la salud se deteriora en la mayoría de casos, dando paso a necesidades específicas para el tratamiento de enfermedades como cáncer, Parkinson o Alzheimer, entre otras, que requieren medicación específica y cara, además de cuidados médicos y paliativos.

Vivir más no significa vivir mejor, máxime si consideramos que el régimen de Invalidez, Vejez y Muerte, IVM, de la Caja Costarricense del Seguro Social, CCSS, viene de picada desde hace varios años y con suerte los fondos alcanzarán para el 2037 que está a la vuelta de la esquina. Nada justifica que estos fondos se hayan escurrido en medio de culpas recírprocas de varias administraciones, ineficiencia y corrupción, en un arrastre de al menos 20 años. La Caja debe hacer lo imposble para garantizar que los fondos no se extingan en uno de los momentos en que Costa Rica contará con muchos más adultos mayores que hoy.

Ya muchos pensionados actuales sobreviven con pensiones que parecen dádivas, mientras otros funcionarios estatales se jubilan antes de tiempo con millones mensuales en sus bolsillos.

Lo más doloroso de esto es que el IVM se creó precisamente para garantizar que quienes trabajaron toda su vida, lleguen a la vejez en condiciones de decencia mínima para sobrellevar sus últimos años sin ser una carga para sus familias o la sociedad, pero todo parece indicar que lejos de esto, el país se llenará cada vez más de personas viejas y pobres.

Por si fuera poco las inversiones gubernamentales en espacios para este segmento poblacional son pocas y en general no responden a los criterios de tener la mejor calidad de vida posible en la recta final, sino que son más asistenciales que otra cosa.

Sin dejar de darle a los niños las condiciones idóneas para el aprendizaje y la recreación, tema en el que también andamos más que rencos, el país debe considerar seriamente la atención de los adultos mayores como una prioridad inmediata, porque si no tendremos en pocos años las calles saturadas de mendigos ancianos y habrá sido una irresponsabilidad nacional.

La vejez merece un trato digno.

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Mariana Lev

Periodista, relacionista pública, poeta
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