Para quienes crecieron viendo las películas de Hollywood de los años 40 y 50, o incluso anteriores, el amor se presentaba casi siempre como algo que debía conquistarse o sufrirse de alguna manera, impregnado de sentimientos y romance, ojalá al ritmo de melódicas piezas de baile o canciones, dentro de un romanticismo extremo que venía arrastrándose desde el siglo XIX.

El amor era una conquista, algo que las parejas debían alcanzar luego de vencer todos los obstáculos del caso, o bien perecer en el intento, dejando un recuerdo imperecedero en quienes los habían amado.

El amor era para siempre, con finales felices o trágicos, pero sellado de eternidad…

Nuestros padres se amaron con ese criterio, y aunque muchos matrimonios lograron una saludable vida de pareja y familias bastante funcionales, otro tanto fueron crónicas de fracasos anunciados que se sostuvieron para mantener un juramento de amor eterno, a sabiendas de que este no cristalizó.

Tal vez por eso, las generaciones venideras desarrollamos un sentido más crítico con respecto al amor y la capacidad humana de vivir en pareja durante una vida entera a partir del acepto, o de la decisión de formar un algo común.

Los años 60 trajeron la llamada liberación femenina, la píldora anticonceptiva y modificaciones en las relaciones de pareja, las cuales se han ampliado en estas décadas para llevarnos a modelos que antes no habrían cabido en el imaginario colectivo.

Lo interesante de todo esto es que a pesar de tanto descalabro y fracasos en los matrimonios, millones de personas se unen de alguna manera cada día amparados al sentimiento de amor, y lo hacen por lo menos hasta que la vida los separe, que pareciera más adecuado a estos tiempo que el juramento tradicional.

Las bodas siguen siendo una ilusión que mantienen ese romance casi intacto, donde las mujeres sobretodo sueñan desde niñas con ese día mágico, su vestido, pastel, invitados, ah sí, y aveces también con el novio.

Pero mantenerse casados sigue siendo una tarea ardua, continua y llena de altibajos, que cada vez menos parejas logran si vemos las cifras mundiales acerca del divorcio, como señalé en mi tema “Hasta en las mejores familias”.

El amor en este siglo pareciera más volátil, menos profundo y casi desechable, porque de alguna manera el ritmo de la vida actual y los avances tecnológicos están marcando la pauta de las relaciones de pareja, y es por eso que en gran medida los jóvenes de estas nuevas generaciones duran cada vez menos tiempo en sus relaciones y tienden a tener más de estas a lo largo de sus vidas que las siquiera soñadas por sus abuelos.

Para el psicoanalista argentino Óscar Zack, quien ha dedicado gran parte de sus investigaciones al tema de las relaciones amorosas en este siglo, se está observando la llamada teoría de ‘El amor líquido’, en la que se considera que el amor es como una mercancía.

“En el mundo actual el amor se constituye casi que en un objeto tecnológico”, sentencia.

Y va más allá al señalar que la influencia de este mundo tecnológico es tan fuerte que muchos hombres y mujeres prefieren tener objetos de última generación a una pareja, máxime que estos les permiten acceder a sexo virtual, sin compromiso de ningún tipo:

“Para muchos hombres  es mejor tener un iPad a una pareja que hable; o la mujer prefiere el notebook de última generación porque la obedece. El mundo moderno tiende a hacer de los individuos seres autistas que creen que se bastan a sí mismos, porque ahora a través de estos elementos se puede tener sexo virtual”.

Pero Zach no ataca a la tecnología por sí misma, por el contrario, considera que esta ha permitido acercamientos de las personas en términos de la comunicación, pero no en el emocional.

“Internet es solo una forma de conocerse, pero no puede reemplazar el lazo social”, enfatiza.

Dadas estas nuevas realidades, Zach agrega que “aquellos que defienden el tema del enamoramiento, el amor romántico y la constitución de la familia, así como nadan contra la corriente, deben seguir adelante en ese mismo propósito con una regla básica en el hogar: amar”. Sí, amar a los hijos, enseñarles sobre el respeto, la delicadeza.”

Para él, no se trata de privar a estos niños de la computadora o el televisor. Si un niño se cría en un mundo y en una familia donde hay respeto y amor, crece sabiéndose amado y no como un estorbo de sus padres, que siempre lo manden a ver la televisión o jugar en su computador”, aclara el psicoanalista,

Muchos expertos en relaciones amorosas, al ver estos cambios y la influencia de nuevas herramientas tecnológicas como sitios de citas en Internet y demás, se vienen preguntando acerca del destino de estas con respecto de aquellas que se conocieron de manera más tradicional.

Para su sorpresa, un estudio de la Universidad de Chicago en Estados Unidos concluye que estas parejas surgidas al calor de nuevas tecnologías han resultado más duraderas y exitosas que sus pares tradicionales, además de reflejar una menor tasa de divorcios.

El estudio siguió a casi 20.000 personas casadas por siete años, del 2005 al 2012, y es el primero que indaga metodológicamente en el tema. De estas, una de cada tres había conocido a su actual pareja por Internet.

Entre los que se habían encontrado online, 45.01% lo hizo en sitios de citas, 20.87% en redes sociales, 9. 51% en salas de chat y 6.68% por mensajes instantáneos.

Por otra parte, entre quienes se conocieron cara a cara, 21.66% lo hizo en el trabajo, 19.06% por amigos, 10.97% en el colegio, 6.77% en la familia, 8.73% en un bar o club, 7.57% crecieron juntos, y 2.66% en una cita a ciegas.

Y ojo con este dato: Al finalizar el recuento, los investigadores encontraron que los matrimonios que se conocieron en línea reportaron 25% menos rupturas en comparación con los que se conocieron en otras instancias, además de un 3% más de felicidad.

Para John Cacioppo, profesor de sicología de la Universidad de Chicago: “Estos datos sugieren que Internet puede estar alterando la dinámica y los resultados del mismo matrimonio”.

Si esto es así, la preocupación mayor con respecto a la supervivencia del amor en este siglo no será entonces mantener juramentos eternos, sino elegir muy bien a la persona con la que se espera convivir la mayor parte de la vida, teniendo presente que en un mundo altamente tecnológico y globalizado, esa pareja puede estar en cualquier parte, y no necesariamente en el mismo vecindario, aunque nadie niega que también esté ahí.

Según Zack, es importante en términos de relación de pareja y la permanencia o duración de la misma, “enseñar o transmitir que estamos juntos mientras nos elijamos, y hoy tenemos que hacer lo posible para que nos elijamos todo el mayor tiempo que se pueda”.

Zack concluye que cada individuo “debe encontrar su elección teniendo en cuenta que el estado amoroso es el mejor estado para vivir”.

Y de eso se trata precisamente el amor en este siglo, que nos obliga a desterrar prejuicios y comprender no solo que existen muchos tipos de parejas, sino que estas tienen el derecho de escoger entre múltiples alternativas para buscar su otra mitad.

Pero lo importante es que las personas realmente se conozcan antes de emprender una vida juntos, o al menos intentarlo.

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Mariana Lev

Periodista, relacionista pública, poeta
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