La corona del crimen y la corrupción es sin duda alguna la impunidad.

Cuando los criminales y corruptos pueden actuar a su antojo, encubiertos muchas veces por las instituciones que deberían castigarlos, las sociedades entran en un ciclo de asombro, enojo, temor y desesperanza.

Los ciudadanos honestos terminan por aceptar que la impunidad es parte de su vida y generalmente agachan la cabeza, aguantando sobre sus hombros el peso de ese resquebrajamiento o total desintegración de sus sociedades.

Las primeras encuestas que se hicieron a ciudadanos argentinos cuando el gobierno de esa nación tuvo la desfachatez de decir que el fiscal Alberto Nisman -a cargo del caso del atentado contra la Asociación Mutual Israelita Argentina, AMIA, y a pocas horas de indiciar en este a la presidenta Cristina Fernández por encubrir la participación de Irán en este crimen- se había suicidado, indicaron que más del 70%de los entrevistados estaban seguros que había sido un asesinato y que seguramente quedaría impune.

Qué dolor me produjo ver esa enorme desesperanza entre los argentinos, quienes en una gran mayoría asumen que en su país este entronizada y maldita impunidad logra que no paguen los criminales y en este sonado y lamentable caso, un hombre que asumió a riesgo de su vida excavar en los escombros de un atroz atentado que costó la vida de 85 personas, en su mayoría judías, y dejó heridas a más de 300.

Esto sucedió el 18 de julio de 1994 en pleno centro de Buenos Aires y durante la presidencia de Carlos Ménem, quien gobernó Argentina de 1989 a 1999 y fue objeto de múltiples críticas nacionales e internacionales por no haber investigado el origen de ese crimen acaecido en su mandato.

Pero tampoco pasó nada con la investigación en las cuatro presidencias que lo siguieron, porque cada vez que se lograba esclarecer alguna pista, esta era desestimada, ignorada o incluso desaparecida en un oscuro contubernio del poder político y judicial argentino.

Alberto Nisman hizo del esclarecimiento de este caso una cruzada personal y su muerte debe ser el acicate para que la sociedad argentina se una en contra de la impunidad.

Su legado fue recogido ya por otro fiscal valiente y se indició  a la presidenta Fernández en este caso, una señal clara de no amedrentarse en esta oportunidad y llegara las últimas consecuencias en la investigación.

Mañana los argentinos marcharán para pedir justicia no solo en el caso de la AMIA sino en el esclarecimiento del asesinato del fiscal Nisman.

Se unirán voces que en otros momentos se enfrentan, caminarán lado a lado los fiscales de la nación, líderes políticos, intelectuales, ciudadanos que esperan recuperar la decencia y la esperanza en su país.

A mediados de 1982 tuve la oportunidad de representar a Costa Rica en un congreso de comunicadoras en Córdoba, Argentina. Llegué a Buenos Aires cuando empezaban a destaparse dos horrores: las listas de desaparecidos en las dictaduras militares que aun gobernaban esa nación, y las condiciones miserables de los jóvenes soldados que fueron enviados en la misión suicida llamada Guerra de las Malvinas contra el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte.

Los muertos en el conflicto de las Malvinas fueron 649 militares argentinos, 255 británicos y tres civiles. Los asesinados o desaparecidos bajo el terror instaurado por la sucesión de dictadores militares durante la llamada Guerra Sucia que vivió esa nación de  1976 a 1983, se estima en cerca de 30000.

Mi primera reacción cuando vi las listas con nombres de algunas de esas víctimas en uno de los diarios sobrevolando Buenos Aires, fue el llanto porque mi primer pensamiento fue “yo pude ser uno de ellos”, ya que en aquel momento cualquiera que expresara su pensamiento medianamente crítico corría riesgo de muerte.

Yo nací en Argentina pero mi patria es Costa Rica a la que llegué muy niña, pero tuve la sensación de que si hubiera permanecido allá habría muerto solo por decir lo que pienso.

Lo que pasó en los meses siguiente en Argentina fue épico, ya que estas dos situaciones terminaron por generar un repudio general a los militares y para 1983 la nación tuvo su primer proceso electoral en años y enrumbó a la democracia, posiblemente no la más plausible, pero al menos el poderío de las Juntas  Militares quedó atrás y los grandes protagonistas de estos horrores, mayoritariamente terminaron encarcelados.

Fue una bocanada de aire fresco para una sociedad que oscilaba entre el miedo y la total desesperanza.

Hoy, nos aprestamos a presenciar si los argentinos logran darle un golpe a la maldita impunidad y recuperar nuevamente su esperanza como nación.