Con el mismo asombro

¿Y si perdemos el asombro qué nos queda?

Mes: abril 2016

Nostalgia de teclas

En la elegante sala de su palacete madrileño, la joven escritora se dispone a dar rienda suelta a su imaginación. Es 1913 y la chica abre con placer el estuche que encierra su más preciado tesoro: una pequeña máquina de escribir, que le permitirá iniciar una nueva novela y con ello seguir labrando su carrera en España.

Esta es la escena de una novela de época que me gusta ver, porque además de su trama, me lleva a un pasado no tan lejano.

Veo a la escritora de principios de siglo y casi inmediatamente me visualizo, saliendo de la niñez y escribiendo mis primeros poemas en la máquina de escribir de mi casa. Y no mucho tiempo después de eso, en la universidad y mis primeros empleos como periodista, la máquina de escribir seguía ahí.

De hecho, las horas de cierre de los medios escritos se caracterizaban por los sonidos atronadores, producidos por los reporteros y jefes terminando sus notas con la presión del tiempo, para no retrasar la impresión del diario que llegaría a miles de hogares la madrugada siguiente.

Las máquinas de escribir manuales eran las nuestras, las eléctricas pertenecían a la minoría privilegiada de secretarias y oficinistas de los medios, o de las empresas.

Para ese momento, entre los setenta y ochenta, las máquinas de escribir tenían cerca de 270 años de existencia, porque la primera patente para fabricar una la otorgó la reina María Estuardo de Inglaterra en 1714.

Entonces, para cuando el personaje de mi novela en 1913 usaba una maquinita de escribir ésta ya tenía casi 200 años, y en ese momento, como a mí en 1980, nos parecía insustituible.

Fue precisamente el modelo de las máquinas de escribir que inundaron el mundo e hicieron famosas marcas como la italiana Olivetti, la japonesa Brother o la norteamericana Remington, lo que dio paso a las computadoras, el fax, las PC y laptop, inventos que se sucedieron como jinetes invencibles a partir de las décadas finales del siglo XX, y que hoy se consideran imprescindibles para la educación, el trabajo y la vida personal.

Como antes sucedió con las máquinas de escribir, que empezaron a comercializarse masivamente a partir de 1800 e incluso hasta 2011, en plena era de alta tecnología, se fabricaban en la India.

Fueron indispensables en las oficinas de todo el mundo, en la literatura, el cine, el teatro y cualquier actividad que requiriera escribir desde finales del siglo XIX y casi todo el siglo XX.

El primer modelo industrial, fabricado en 1873 por Remington, estaba montado sobre una máquina de coser estándar que era lo que producía esta compañía, y al producirlas supusieron que solo las usarían en oficinas.

Por eso se dirigieron a una nueva fuerza laboral, esencialmente femenina, diseñando sus primeros modelos con flores decorativas para hacerlos más atractivos a las nuevas mecanógrafas y oficinistas.

Y no se equivocaron, ya que para 1910 el 81% de los mecanógrafos eran mujeres. De hecho, ser secretaria o mecanógrafa fue una especie de profesión femenina porque eran muy pocas las que llegaban a cursar estudios universitarios en esa época y millones ya se habían incorporado a las fuerza laboral.

Pero si el deceso de las máquinas de escribir se dio por un hecho a partir de la década de 1980, parece que este muerto goza de buena salud y camina hacia una reinvención.

 Ya empezamos a llevarnos algunas sorpresas, relacionadas algunas con el deseo por lo retro y la nostalgia que conlleva, o bien por apasionantes temas de espionaje mundial y seguridad.

Porque claro, el avance tecnológico y la súper comunicación entrelazada de esta nueva era, han traído también serios inconvenientes y filtraciones de información que viajan por todo el mundo, en las redes y que burlan códigos y claves, como han demostrados los hackers en demasiadas ocasiones.

En el 2013 el presidente ruso Vladimir Putin puso de relieve la importancia de las consideradas extintas máquinas de escribir al hacer pública la decisión del Kremlin de volver a su uso para evitar las molestas filtraciones de secretos de estado y otras molestias.

Las máquinas de escribir hacen ruido cuando se aporrean sus teclados, pero son mudas, especialistas en guardar lo que se escriba en el papel, sin redes o hackers. Así que si se trata de desaparecer un archivo pues es muy sencillo: se tira o se quema lo escrito… a la antigua

Y ojo que esta tendencia del rescate de las máquinas de escribir no quedó solo en Rusia, el gobierno alemán también anunció hace poco que adquirirá una cantidad no mencionada de estas con el mismo fin: guardar fuera del alcance de los terroristas cibernéticos sus documentos más valiosos.

Además de estos temas de seguridad mundial que marcan un sonado retorno de las máquinas de escribir, aspectos como la calidad de la impresión y de los teclados están generando mucho interés por su retorno, sobretodo en las nuevas generaciones que nunca conocieron una.

La gran paradoja de este tema es que mientras los avances tecnológicos han llevado a un exceso de comunicación e interacción en redes, las personas empiezan a sentirse saturadas por tanto mensaje y muchos añoran ese espacio solitario donde nada se interpone entre el sonido del teclado y el de la propia mente.

Algo que muchos conocimos como parte de nuestra vida por muchos años, y de generación en generación por varios siglos.

En la actualidad, ya se han creado procesadores de texto que imitan las sensaciones de la máquina de escribir, ese sonido que permite aislar el cerebro de lo demás, porque al ritmo de cada letra resonante surgen las ideas.

Estos inventos solo permiten escribir, no se puede añadir nada que lleve al mundo de las redes.

Y hay más.

Hoy se está desarrollando un prototipo de una máquina de escribir similar a los primeros modelos, llamada Hemingwrite en honor al Premio Nobel de Literatura norteamericano Ernest Hemingway. Al parecer se trata de un modelo convencional en su exterior, con teclado mecánico y que ofrece esa sonoridad y tacto insustituibles.

Solo que en lugar de papel cuenta con una pantalla de tinta electrónica y almacena los documentos en la nube.

No creo que sea apta para quienes buscan seguridad extrema como Putin o Meckler… pero sería genial para aquellas personas que quieren recuperar o iniciar ese romance inolvidable con una máquina que como las de antes, permite escribir y solo eso.

Como la protagonista de la novela hace 100 años, o yo hace un poco menos.

De vida y muerte

Con la simple y poderosa sabiduría de sus cinco años, mi nieta me dice: “En el mundo siempre hay gente, porque cuando alguien muere alguien nace, así la gente no se acaba nunca”.
Y tiene toda la razón. Al momento de escribir este artículo casi 43 millones de seres humanos han nacido en lo que va del año y cerca de 18 millones murieron, y estas estadísticas aumentan por segundo así que ya crecieron significativamente.
Pero no sabemos cuántos de esos seres que recién abordaron el planeta lograrán sobrevivir algunos segundos, horas o días, y si por el contrario llegarán a más de un centenar de años en sus existencias.
Porque esa incógnita de cuánto viviremos no tiene respuesta.
Lo cierto es que desde el primer respiro también empezamos a morir y un día más de vida es, paradójicamente, uno menos.
La mayoría de nacimientos en el mundo son motivo de alegría y se espera que ese nuevo ser reciba amor, atención, educación, cuidados físicos y emocionales para que se convierta en un adulto sano en toda la extensión de la palabra.
Dolorosamente, millones de seres humanos no reciben los mínimos cuidados cuando llegan a este mundo, y quienes logran sobrevivir lo hacen en condiciones de miseria y abandono gran parte de sus vidas o su totalidad.
Quienes sí reciben ese amor y cuidados fundamentales que les proveen sus familias u otras personas que se hacen cargo de ellos, tienen una base para vivir y es de esperarse que, salvo enfermedades o accidentes fatales, podrán tener una expectativa que hoy supera los 70 y hasta 80 años en las llamadas sociedades desarrolladas.
Claro que también hay naciones donde la expectativa no sobrepasa los 50 o 55 años de edad, lo que sucedía hace más de un siglo en los países del primer mundo.
Pero también sabemos que las características genéticas de cada uno tienen un papel fundamental en las posibilidades de tener una vida larga o no, porque aun en lugares con pésimas condiciones millones de seres humanos llegan a la ancianidad, rebatiendo cualquier pronóstico acerca de sus posibilidades de sobrevivir en esos ambientes.
Lo cierto es que son muchos los condicionantes que determinan cuánto dura el tránsito de alguien en esta Tierra y cómo será su vida.
De hecho, una de las enormes contradicciones de alcanzar mejores niveles de vida es que muchas de las causas de muerte actuales se relacionan con enfermedades y trastornos asociados al consumo, que conlleva a excesos en la comida bebida y demás.
Cuando uno sintoniza los canales de países más desarrollados llama poderosamente la atención que muchos de los espacios publicitarios son de medicamentos para combatir o prevenir la diabetes, hipertensión, depresión, fumado, obesidad, etcétera.
Por supuesto que intercalados con otros muchos acerca de alimentos, golosinas y demás…
Cierto es que en estas naciones también hay miseria y gente que apenas sobrevive, pero no son la gran mayoría como en las del tercer o cuarto mundo. Entonces, estos ciudadanos que sí tienen resueltas la mayoría de necesidades básicas pasan gran parte de su vida medicados para contrarrestar los efectos de su mejor calidad de vida y el acceso a lo que quieran comer, beber o ingerir.
Muchos de ellos fallecen en edades tempranas por situaciones que ellos mismos crearon, o llegan a viejos postrados, pagando el precio de excesos y abundancia.

Estas y otras enormes contradicciones marcarán el devenir y final de millones de seres humanos. Pero cuando llega el final del camino, sea mínimo o extenso, lo más probable es que haya mucho dolor en esa despedida, porque casi nadie está preparado para irse y menos aun para dejar a los que se ama.
Tampoco están listos los que se quedan, porque la muerte viene a recordarnos esa fragilidad de la vida, que siempre se nos hace corta cuando acaba.
Sea como sea ese final, al perder a quienes amamos lo único que tenemos son interrogantes sin respuesta.
Por supuesto que tanto las religiones, como la ciencia e incluso gurús o charlatanes, tratan de explicar de alguna manera por qué se produce la desaparición física de los seres humanos, para mayor consuelo o desconsuelo de sus deudos.
Sin embargo, las explicaciones que se reciben en esos momentos no llenan vacíos ni permiten asimilar mejor el golpe de la pérdida, de saber que ese ser amado no estará nunca más a nuestro lado. Porque aunque médicamente se den razones pertinentes acerca de esa muerte, siempre habrá quienes sobrevivan en las mismas condiciones o peores, lo que agudiza el eterno por qué.
Por su parte, las distintas religiones atribuirán las muertes a designios divinos, inexplicables y que deben acatarse como parte de la fe que se profesa, con resignación y rezos.

Otros hablarán de Karma, cartas astrales, condiciones astrológicas. Incluso habrá quienes justifiquen la muerte con razones fuera de este planeta…

Y todos buscaremos un refugio para paliar el dolor inmenso de la pérdida, aferrándonos a la ciencia, la fe, o lo que necesitemos en ese trance y lograr recomponer nuestras vidas, continuar el propio tránsito el tiempo que este dure.
Pero en el fondo sabemos que no hay respuestas. Lo único cierto es que así como nacemos, moriremos. Nos iremos y otros vendrán para que la gente no se acabe.

Así de simple como lo dijo mi adorada nieta.

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