Con la simple y poderosa sabiduría de sus cinco años, mi nieta me dice: “En el mundo siempre hay gente, porque cuando alguien muere alguien nace, así la gente no se acaba nunca”.
Y tiene toda la razón. Al momento de escribir este artículo casi 43 millones de seres humanos han nacido en lo que va del año y cerca de 18 millones murieron, y estas estadísticas aumentan por segundo así que ya crecieron significativamente.
Pero no sabemos cuántos de esos seres que recién abordaron el planeta lograrán sobrevivir algunos segundos, horas o días, y si por el contrario llegarán a más de un centenar de años en sus existencias.
Porque esa incógnita de cuánto viviremos no tiene respuesta.
Lo cierto es que desde el primer respiro también empezamos a morir y un día más de vida es, paradójicamente, uno menos.
La mayoría de nacimientos en el mundo son motivo de alegría y se espera que ese nuevo ser reciba amor, atención, educación, cuidados físicos y emocionales para que se convierta en un adulto sano en toda la extensión de la palabra.
Dolorosamente, millones de seres humanos no reciben los mínimos cuidados cuando llegan a este mundo, y quienes logran sobrevivir lo hacen en condiciones de miseria y abandono gran parte de sus vidas o su totalidad.
Quienes sí reciben ese amor y cuidados fundamentales que les proveen sus familias u otras personas que se hacen cargo de ellos, tienen una base para vivir y es de esperarse que, salvo enfermedades o accidentes fatales, podrán tener una expectativa que hoy supera los 70 y hasta 80 años en las llamadas sociedades desarrolladas.
Claro que también hay naciones donde la expectativa no sobrepasa los 50 o 55 años de edad, lo que sucedía hace más de un siglo en los países del primer mundo.
Pero también sabemos que las características genéticas de cada uno tienen un papel fundamental en las posibilidades de tener una vida larga o no, porque aun en lugares con pésimas condiciones millones de seres humanos llegan a la ancianidad, rebatiendo cualquier pronóstico acerca de sus posibilidades de sobrevivir en esos ambientes.
Lo cierto es que son muchos los condicionantes que determinan cuánto dura el tránsito de alguien en esta Tierra y cómo será su vida.
De hecho, una de las enormes contradicciones de alcanzar mejores niveles de vida es que muchas de las causas de muerte actuales se relacionan con enfermedades y trastornos asociados al consumo, que conlleva a excesos en la comida bebida y demás.
Cuando uno sintoniza los canales de países más desarrollados llama poderosamente la atención que muchos de los espacios publicitarios son de medicamentos para combatir o prevenir la diabetes, hipertensión, depresión, fumado, obesidad, etcétera.
Por supuesto que intercalados con otros muchos acerca de alimentos, golosinas y demás…
Cierto es que en estas naciones también hay miseria y gente que apenas sobrevive, pero no son la gran mayoría como en las del tercer o cuarto mundo. Entonces, estos ciudadanos que sí tienen resueltas la mayoría de necesidades básicas pasan gran parte de su vida medicados para contrarrestar los efectos de su mejor calidad de vida y el acceso a lo que quieran comer, beber o ingerir.
Muchos de ellos fallecen en edades tempranas por situaciones que ellos mismos crearon, o llegan a viejos postrados, pagando el precio de excesos y abundancia.

Estas y otras enormes contradicciones marcarán el devenir y final de millones de seres humanos. Pero cuando llega el final del camino, sea mínimo o extenso, lo más probable es que haya mucho dolor en esa despedida, porque casi nadie está preparado para irse y menos aun para dejar a los que se ama.
Tampoco están listos los que se quedan, porque la muerte viene a recordarnos esa fragilidad de la vida, que siempre se nos hace corta cuando acaba.
Sea como sea ese final, al perder a quienes amamos lo único que tenemos son interrogantes sin respuesta.
Por supuesto que tanto las religiones, como la ciencia e incluso gurús o charlatanes, tratan de explicar de alguna manera por qué se produce la desaparición física de los seres humanos, para mayor consuelo o desconsuelo de sus deudos.
Sin embargo, las explicaciones que se reciben en esos momentos no llenan vacíos ni permiten asimilar mejor el golpe de la pérdida, de saber que ese ser amado no estará nunca más a nuestro lado. Porque aunque médicamente se den razones pertinentes acerca de esa muerte, siempre habrá quienes sobrevivan en las mismas condiciones o peores, lo que agudiza el eterno por qué.
Por su parte, las distintas religiones atribuirán las muertes a designios divinos, inexplicables y que deben acatarse como parte de la fe que se profesa, con resignación y rezos.

Otros hablarán de Karma, cartas astrales, condiciones astrológicas. Incluso habrá quienes justifiquen la muerte con razones fuera de este planeta…

Y todos buscaremos un refugio para paliar el dolor inmenso de la pérdida, aferrándonos a la ciencia, la fe, o lo que necesitemos en ese trance y lograr recomponer nuestras vidas, continuar el propio tránsito el tiempo que este dure.
Pero en el fondo sabemos que no hay respuestas. Lo único cierto es que así como nacemos, moriremos. Nos iremos y otros vendrán para que la gente no se acabe.

Así de simple como lo dijo mi adorada nieta.

Imagen de perfil de Mariana Lev
Sígueme

Mariana Lev

Periodista, relacionista pública, poeta
Imagen de perfil de Mariana Lev
Sígueme

Ultimos artículos de Mariana Lev (Ver todos)