En la elegante sala de su palacete madrileño, la joven escritora se dispone a dar rienda suelta a su imaginación. Es 1913 y la chica abre con placer el estuche que encierra su más preciado tesoro: una pequeña máquina de escribir, que le permitirá iniciar una nueva novela y con ello seguir labrando su carrera en España.

Esta es la escena de una novela de época que me gusta ver, porque además de su trama, me lleva a un pasado no tan lejano.

Veo a la escritora de principios de siglo y casi inmediatamente me visualizo, saliendo de la niñez y escribiendo mis primeros poemas en la máquina de escribir de mi casa. Y no mucho tiempo después de eso, en la universidad y mis primeros empleos como periodista, la máquina de escribir seguía ahí.

De hecho, las horas de cierre de los medios escritos se caracterizaban por los sonidos atronadores, producidos por los reporteros y jefes terminando sus notas con la presión del tiempo, para no retrasar la impresión del diario que llegaría a miles de hogares la madrugada siguiente.

Las máquinas de escribir manuales eran las nuestras, las eléctricas pertenecían a la minoría privilegiada de secretarias y oficinistas de los medios, o de las empresas.

Para ese momento, entre los setenta y ochenta, las máquinas de escribir tenían cerca de 270 años de existencia, porque la primera patente para fabricar una la otorgó la reina María Estuardo de Inglaterra en 1714.

Entonces, para cuando el personaje de mi novela en 1913 usaba una maquinita de escribir ésta ya tenía casi 200 años, y en ese momento, como a mí en 1980, nos parecía insustituible.

Fue precisamente el modelo de las máquinas de escribir que inundaron el mundo e hicieron famosas marcas como la italiana Olivetti, la japonesa Brother o la norteamericana Remington, lo que dio paso a las computadoras, el fax, las PC y laptop, inventos que se sucedieron como jinetes invencibles a partir de las décadas finales del siglo XX, y que hoy se consideran imprescindibles para la educación, el trabajo y la vida personal.

Como antes sucedió con las máquinas de escribir, que empezaron a comercializarse masivamente a partir de 1800 e incluso hasta 2011, en plena era de alta tecnología, se fabricaban en la India.

Fueron indispensables en las oficinas de todo el mundo, en la literatura, el cine, el teatro y cualquier actividad que requiriera escribir desde finales del siglo XIX y casi todo el siglo XX.

El primer modelo industrial, fabricado en 1873 por Remington, estaba montado sobre una máquina de coser estándar que era lo que producía esta compañía, y al producirlas supusieron que solo las usarían en oficinas.

Por eso se dirigieron a una nueva fuerza laboral, esencialmente femenina, diseñando sus primeros modelos con flores decorativas para hacerlos más atractivos a las nuevas mecanógrafas y oficinistas.

Y no se equivocaron, ya que para 1910 el 81% de los mecanógrafos eran mujeres. De hecho, ser secretaria o mecanógrafa fue una especie de profesión femenina porque eran muy pocas las que llegaban a cursar estudios universitarios en esa época y millones ya se habían incorporado a las fuerza laboral.

Pero si el deceso de las máquinas de escribir se dio por un hecho a partir de la década de 1980, parece que este muerto goza de buena salud y camina hacia una reinvención.

 Ya empezamos a llevarnos algunas sorpresas, relacionadas algunas con el deseo por lo retro y la nostalgia que conlleva, o bien por apasionantes temas de espionaje mundial y seguridad.

Porque claro, el avance tecnológico y la súper comunicación entrelazada de esta nueva era, han traído también serios inconvenientes y filtraciones de información que viajan por todo el mundo, en las redes y que burlan códigos y claves, como han demostrados los hackers en demasiadas ocasiones.

En el 2013 el presidente ruso Vladimir Putin puso de relieve la importancia de las consideradas extintas máquinas de escribir al hacer pública la decisión del Kremlin de volver a su uso para evitar las molestas filtraciones de secretos de estado y otras molestias.

Las máquinas de escribir hacen ruido cuando se aporrean sus teclados, pero son mudas, especialistas en guardar lo que se escriba en el papel, sin redes o hackers. Así que si se trata de desaparecer un archivo pues es muy sencillo: se tira o se quema lo escrito… a la antigua

Y ojo que esta tendencia del rescate de las máquinas de escribir no quedó solo en Rusia, el gobierno alemán también anunció hace poco que adquirirá una cantidad no mencionada de estas con el mismo fin: guardar fuera del alcance de los terroristas cibernéticos sus documentos más valiosos.

Además de estos temas de seguridad mundial que marcan un sonado retorno de las máquinas de escribir, aspectos como la calidad de la impresión y de los teclados están generando mucho interés por su retorno, sobretodo en las nuevas generaciones que nunca conocieron una.

La gran paradoja de este tema es que mientras los avances tecnológicos han llevado a un exceso de comunicación e interacción en redes, las personas empiezan a sentirse saturadas por tanto mensaje y muchos añoran ese espacio solitario donde nada se interpone entre el sonido del teclado y el de la propia mente.

Algo que muchos conocimos como parte de nuestra vida por muchos años, y de generación en generación por varios siglos.

En la actualidad, ya se han creado procesadores de texto que imitan las sensaciones de la máquina de escribir, ese sonido que permite aislar el cerebro de lo demás, porque al ritmo de cada letra resonante surgen las ideas.

Estos inventos solo permiten escribir, no se puede añadir nada que lleve al mundo de las redes.

Y hay más.

Hoy se está desarrollando un prototipo de una máquina de escribir similar a los primeros modelos, llamada Hemingwrite en honor al Premio Nobel de Literatura norteamericano Ernest Hemingway. Al parecer se trata de un modelo convencional en su exterior, con teclado mecánico y que ofrece esa sonoridad y tacto insustituibles.

Solo que en lugar de papel cuenta con una pantalla de tinta electrónica y almacena los documentos en la nube.

No creo que sea apta para quienes buscan seguridad extrema como Putin o Meckler… pero sería genial para aquellas personas que quieren recuperar o iniciar ese romance inolvidable con una máquina que como las de antes, permite escribir y solo eso.

Como la protagonista de la novela hace 100 años, o yo hace un poco menos.

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Mariana Lev

Periodista, relacionista pública, poeta
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