Con el mismo asombro

¿Y si perdemos el asombro qué nos queda?

Month: Mayo 2016

El arte de odiar

Odiar es tan fácil como encender un fósforo y hacer arder una llamarada que se extiende y aniquila todo alrededor.

El odio que lleva a estas atrocidades, parte de la ignorancia, el rumor y otros factores, que aglutinan los nefastos sentimientos de una persona o grupo contra otros.

Cada segundo algún ser humano sufrirá ultrajes físicos, verbales o sicológicos que mancillarán su dignidad y lo catalogarán como ese algo que debe ser odiado o vilipendiado.

Estas agresiones que surgen de la intolerancia y la discriminación se denominan crímenes de odio, y se dirigen contra determinados grupos sociales sea por racismo, homofobia, xenofobia, etnocentrismo, religión, entre otros factores, todos absurdos y aberrantes.

Como mujer, judía y latina, tengo altas probabilidades de ser víctima de un crimen de odio, pero por suerte, hasta este día no he padecido agresiones de este tipo, y aunque me reconforta, me coloca dentro de una extraña minoría de no agredidos.

Pero lo cierto es que todos los días miles de personas mueren en el mundo por este tipo de crímenes, que en muchos casos  llevan a asesinatos masivos, violaciones y otras barbaridades que dicen poco del género humano o más bien, dicen mucho de la enorme capacidad que mantenemos de odiar visceralmente y sin explicación lógica a nuestros semejantes.

Como ejemplo, un informe del año pasado acerca de la discriminación e intolerancia en la Unión Europea, señala que los romaníes o gitanos siguen siendo víctimas de una gran intolerancia y las mujeres de este grupo humano son las más afectadas.

Recordemos que durante la Segunda Guerra Mundial los romaníes fueron una de las minorías étnicas más perseguidas y masacradas por el nazismo, con cerca de medio millón de víctimas mortales.

La Unión Europea aprobó en setiembre de 2015 acciones legales contra la República Checa, ya que esa nación no ha eliminado la segregación de los niños romaníes en las escuelas del país.

Los romaníes suman cerca de 12 millones y viven principalmente en el centro de Europa, pero también en Estados Unidos y América Latin

Por otra parte, en enero de este año, el Comisario de Derechos Humanos del Consejo de Europa (CdE), Nils Muižnieks, advirtió del creciente antisemitismo en Europa, dados los incidentes acaecidos recientemente, que incluyeron el ataque armado en un museo judío en Bruselas que dejó cuatro muertos, y el asesinato en una tienda de comidas kosher en París.

También se ha señalado un aumento en las denuncias de violencia antisemita e incidentes en Alemania y el Reino Unido.

A estas situaciones que sufren las minorías en Europa, debemos agregar las constantes vejaciones que viven los hombres, mujeres y niños que por distintas razones, muchas de estas debidas al hambre, la guerra o falta de oportunidades, deben abandonar sus tierras natales.

Cerca de 150 millones de personas, un 3% de la población del mundo, según señala las Naciones Unidas, ONU, son las principales víctimas actuales o potenciales de estos crímenes de odio.

En el mundo de hoy, todos los continentes y regiones tienen migrantes, quienes mayoritariamente buscan asentarse en lugares distintos y muchas veces distantes de sus naciones de origen.

Según la Organización Internacional para las Migraciones, la mayor cantidad de estas personas se concentra en Asia; Europa y América del Norte tienen más o menos el mismo número y les siguen, en orden decreciente, África, América Latina y Oceanía.

Además, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) calcula que unos 80 millones del número mencionado son trabajadores migratorios. Aunque la migración y sus dificultades no son recientes, la globalización que se vive lleva a una movilidad sin precedentes y la migración genera cada vez más presiones.

Según explica la ONU, las mujeres y los niños componen más de la mitad de los refugiados y desplazados internos. El 96% de los niños que trabajan y duermen en las calles son migrantes, y cerca de la mitad son niñas de 8 a 14 años de edad.

Aunque los grupos humanos de migrantes pertenecen a distintas etnias y religiones, por su sola condición de extranjeros sufren maltratos constantes y reciben múltiples ataques xenofóficos.

Millones de ellos son indocumentados, no hablan los idiomas y aceptan condiciones de vida que difícilmente pueden catalogarse como humanas, lo que genera círculos de violencia que a su vez llevan a repercusiones similares.

No  en vano grupos terroristas como Isis reclutan sus adeptos entre los millones de jóvenes musulmanes, frustrados por su falta de oportunidades en países donde nacieron o llegaron como niños de familias migrantes.

Sin justificación de sus actos debemos entender que el rechazo genera odio y puede tener terribles consecuencias como las que vivimos ya en casi todo el mundo con atentados de todo tipo.

En el caso de las mujeres todo se agrava, ya que son víctimas constantes de la intolerancia y discriminación, y millones caen en redes de trata de personas, prostitución y otras situaciones degradantes que las llevan a la miseria o la muerte.

La ONU estima que todos los años son introducidas clandestinamente de 300 000 a 600 000 mujeres en la Unión Europea y en algunos países de Europa central, y que el problema está muy generalizado también en África y América Latina.

Como mujeres y personas que migran, las trabajadoras son víctimas de violencia y abuso, tanto en el plano doméstico como en el laboral.

No menos terribles son los crímenes de odio por razones sexuales, los cuales se dirigen contra las personas y comunidades homosexuales, lésbicas y transgénero. Estos grupos humanos son víctimas de todo tipo de atrocidades homofóbicas y son uno de los que registran mayor cantidad de muertes en todo el mundo.

En la última década y con el respaldo de las llamadas redes sociales, se han incrementado la intolerancia, la discriminación, el racismo y la xenofobia, prácticamente en todas las regiones del orbe.

A la distancia de un click usted puede decidir a quién odiar y una vez que lo resuelve con otro sencillo click incita a otros que, como usted, están buscando canalizar sus frustraciones, ignorancia y estupidez hacia aquél o aquellos que decidieron victimizar.

Los casos de bullyng que llevan al suicidio de miles de adolescentes se desarrollan muchas veces en las redes sociales, que también están repletas de páginas xenofóbicas, homofóbicas, antisemitas, y demás.

Como dije al inicio, odiar es tan sencillo como encender un fósforo o y alzar una llamarada. Pero cada vez que usted se sienta tentado a dejarse llevar por estos sentimientos espantosos que pueden causar daño irreparable en la vida de otro, reflexione y trate de ponerse en ese lugar, el de su prójimo.

Luego, sencillamente, apague el fósforo.

 

¿Antisemita yo?

Este 4 de mayo, tanto en Israel como en las comunidades judías del mundo se conmemora Yom Hashoá, traducido como Día del Recuerdo del Holocausto, en el cual se rinde tributo a los 6 millones de víctimas de este pueblo en manos de la barbarie nazi y sus cómplices durante la Segunda Guerra Mundial, de 1939 a 1945.

Cuando uno piensa en la tortura y muerte de cada una de esas personas, de las cuales casi dos millones fueron niños de todas las edades, es casi imposible entender las razones que tuvieron sus victimarios y el compromiso de odio que los unió para perpetrar estos crímenes contra los judíos.

Alguna vez leí que una de las razones pudo ser que dejaron de verlos como personas, gracias a las campañas mediáticas y los discursos incendiarios que equiparaban a los judíos con ratas y deshumanizaban así el acercamiento a estos.

Ya no eran sus vecinos, sus profesores, sus amigos de escuela y colegio, sus médicos, sus escritores o músicos, sus dentistas, sus costureras o panaderos, sus filósofos o sicólogos. Eran simplemente judíos que debían aniquilarse por el simple hecho de serlo.

Basta mirar los documentales de la época, con las multitudes hitlerianas hipnotizadas por los discursos antisemitas de su amado Fuhrer y sus secuaces, para entender esa alucinación colectiva que los llevó a canalizar todas sus frustraciones sociales y personales hacia un objetivo común.

Hago la salvedad que no fueron solamente los judíos las únicas víctimas del nazismo y que otros varios millones de seres humanos fueron asesinados por sus creencias religiosas, políticas, sus preferencias sexuales o discapacidades, bajo el lema de crear una “sociedad aria pura”, basada en estereotipos tan irreales que pocos realmente los cumplían, pero que mayoritariamente anhelaban.

Paradójicamente, la sociedad alemana era posiblemente la menos antisemita del centro de Europa, y en esa nación antes de la Shoá los judíos estaban plenamente integrados en todas las ramas del quehacer académico, científico, cultural, militar, económico y demás.

Los judíos alemanes se sentían mucho más alemanes que judíos, a diferencia de sus correligionarios rusos, polacos, ucranianos o húngaros, donde el antisemitismo era un mal crónico que acarreaba persecuciones constantes, muertes y discriminación durante siglos.

Ese antisemitismo se remonta al prejuicio y odio esparcidos esencialmente por la Iglesia católica y secundados por los intereses de zares y reyezuelos, que acusaban a los judíos de la muerte de Jesús, ritos inmorales y otras mentiras que se hicieron parte de la memoria colectiva y propiciaban atrocidades contra ellos.

Conste que esos mensajes antisemitas se siguen esparciendo a pesar de que en los últimos años la iglesia católica ha hecho un esfuerzo por borrar tan nefasto pasado y se refieren ahora a la filosofía judeocristiana como la fuente de su fe, cosa que negaron durante siglos.

Luego de la Segunda Guerra mundial y siendo el pueblo más castigado en víctimas mortales por el odio nazi, las Naciones Unidas acuerdan que los judíos tienen el derecho a una nación propia en la tierra ancestral de la que sus antepasados fueron expulsados por el Imperio romano en el año70 DC (después de Cristo).

Acuerdan también que esa tierra debe partirse en una nación judía y otra árabe (no palestina), y trazan la división geográfica que en ese momento divide Jerusalén y otras zonas. En ese momento, la llamada Palestina (nombre dado por los romanos a Judea para borrar toda raíz judía en la zona luego de su expulsión) estaba bajo mandato británico, y con la salida de los últimos soldados ingleses el 14 de mayo de 1948 se da la declaración de independencia del nuevo Estado de Israel.

Este acepta las condiciones de las Naciones Unidas, cosa que no hacen los países árabes de la zona y Egipto, Transjordania, Siria, Irak y Líbano invaden la nueva nación judía pocas horas después de su nacimiento, en la primera de varias guerras que se darían en los próximos casi 50 años.

Durante los siglos anteriores al surgimiento del Estado de Israel siempre hubo judíos en esa tierra, aquellos que se quedaron a pesar de la expulsión romana y los que fueron llegando al huir de las persecuciones europeas o los que querían fundar una nación socialista judía.

También había árabes y todos estaban bajo el dominio de algún imperio, fuera el otomano durante varios siglos y finalmente el británico. La entonces Palestina, desértica y poco productiva, empezó a ser cultivada muchas veces de manera conjunta, por los habitantes judíos y árabes, y hubo tiempos de relativa paz y convivencia, pero tanto los unos como los otros consideraban que, en última instancia, esa diminuta geografía les pertenecía y no necesariamente se podía compartir.

Es también por eso que durante los siglos de otras dominaciones se dieron enfrentamientos entre ellos, aunque en otros momentos se unían para pelear contra el enemigo común del momento.

La gran diferencia radicó en que al darse la partición geográfica por las Naciones Unidas, los judíos aceptaron tener un país minúsculo pero propio en su tierra ancestral, y los árabes no.

Si se busca cualquier referencia histórica a lo sucedido durante esos años se verá que tanto esa primera guerra como las siguientes fueron entre judíos y árabes, no hay un pueblo palestino peleando en ellas, porque en realidad los palestinos de esas épocas eran los habitantes de la antigua Palestina romana, árabes o judíos.

De hecho, con el surgimiento del Estado de Israel, casi un millón de judíos que durante siglos habían vivido en los países árabes fueron perseguidos, expulsados o asesinados en la década de 1950.

Los que sobrevivieron buscaron refugio en la nación judía, que entonces se convirtió en un crisol de culturas, a las que se unieron otros perseguidos en épocas más recientes, como los rusos que huyeron del estalinismo, y más recientemente los franceses o belgas que dejan Europa por los ataques terroristas contra judíos y el renacer de un antisemitismo impulsado por la extrema derecha y los extremistas musulmanes.

Pero no seamos ingenuos y queramos pensar que en medio del surgimiento del Estado de Israel y los recientes acontecimientos el antisemitismo desapareció, porque lejos de ser así encontró un nuevo disfraz para esparcir su odio atávico.

Con el inicio del terrorismo de la llamada Organización para la Liberación de Palestina a partir de los años 70, el mundo empieza a escuchar de un pueblo que antes no conocían, el palestino, que surge esencialmente de los árabes expulsados por el Estado de Israel durante los conflictos iniciales, y de otros que no fueron aceptados por las naciones vecinas.

Se empiezan a formar campamentos de refugiados alrededor de la frontera israelí y como una olla en ebullición esos jóvenes que nacen en condiciones tan difíciles, y que se sienten rechazados por unos y otros, empiezan a formar células terroristas con el apoyo de los mismos países árabes que no los quisieron como ciudadanos, pero los necesitan para tratar de destruir a la nación judía que es el enemigo común.

Entonces el antisemitismo que trae los vestigios del odio religioso y las absurdas mentiras promovidas por otras religiones contra el judaísmo, encuentra ahora una forma política y que permite calar de otra manera en las mentes de millones de personas, que abiertamente se declaran antiisraelíes, pero no antisemitas… como si de esta manera se pudiera obviar que el Estado de Israel es judío y por tanto ser antiisraelí es ser antisemita, así de sencillo.

Israel pasa de ser un país admirado y un ejemplo en el mundo en muchos aspectos a ser una nación repudiada, donde solamente se la relaciona de manera negativa con el llamado, ahora sí, conflicto palestino.

Paralelamente durante el siglo XX se dan enormes migraciones de musulmanes a Europa, promovidas inicialmente por las naciones con sus ex colonias, y  que bajo el emblema de apertura esconden razones más terrenales. El continente está dejando de reproducirse, sus habitantes no quieren tener niños del todo o quieren muy poquitos, por lo que en unos años y no tantos, no habrá suficiente mano de obra en la mayoría de países.

Claro, esta promoción se hace con los estándares europeos de respeto a las culturas (al menos así lo indican sus declaraciones republicanas), pero a la vuelta de los años, y hablamos de menos de 50, Europa está llena de musulmanes, muchos de los cuales se han integrado a las culturas de los países que los acogieron y llevan su fe como parte de sus vidas.

Pero otros se han ido al extremo y hoy están plenamente involucrados en grupos terroristas como Isis, encabezando sangrientos atentados como los recientes de París y Bélgica, que tanto conmovieron a Occidente, aunque sabemos que todos los días se dan otros similares o peores en Siria, Iraq, Pakistán y otras naciones de la zona de beligerancia.

Estos grupos buscan establecer un imperio musulmán, lo que llaman una yihad, y en este no hay lugar para católicos, protestantes, evangélicos, judíos o cualquiera que no abrace su fe por nacimiento o, en pocos casos, por conversión. Para ellos, todos somos infieles y debemos morir.

Isis se vale de las redes sociales para reclutar a sus seguidores, y de estos miles provienen de lo que muchos llaman Eurabia. Y en sus mensajes también prevalece el antisemitismo, el odio al judío solo por serlo.

Así las cosas, podemos pensar que las muertes, las atrocidades, el exterminio de seis millones de judíos hace menos de 80 años, no nos han enseñado nada, y en mi criterio, lo único que hace la diferencia es la existencia del Estado de Israel.

Las permanentes campañas de desprestigio en foros internacionales y universidades, el boicot a sus productos y otras situaciones que parten de posiciones antiisraelíes- antisemitas son difíciles de entender, cuando por otro lado nada se dice de las atrocidades de Hamas que gobierna Gaza, o de la Autoridad Palestina incitando a apuñalar judíos.

Las Naciones Unidas hace mucho dejó de ser imparcial u objetiva cuando se trata de Israel y rápidamente se compra los argumentos contra esta nación, muchas veces sin  hacer las consultas correspondientes y respondiendo a intereses de otras naciones que tienen un rango de influencia mayor y que, esencialmente son musulmanas.

Yo no dudo que hay un conflicto importante, casi un estado de guerra permanente entre Israel y Hamas, tampoco dudo que debe buscarse una negociación con la Autoridad Palestina para el establecimiento de un estado palestino, porque es de los males, el menor.

Pero estoy convencida que detrás de todos los argumentos políticos contra el país, Israel, sigue imponiéndose el antisemitismo que se esparció por el mundo hace ya muchos siglos y que aun está sembrando odio todos los días.

Hoy el Estado de Israel tiene más de seis millones de habitantes judíos en su territorio, pero le llevó casi 80 años recuperar si es que vale ese término, las vidas que se perdieron en la Shoá.

Esta pérdida es terrible y por eso cada año el pueblo judío se enluta por el recuerdo de cada una de estas víctimas, para muchos sus abuelos, padres o hermanos.

Por eso, quiero dejarle acá unas pocas preguntas para que las responda con la debida honestidad:

  1. ¿Cree que los judíos son malos?
  2. ¿Cree que los judíos mataron a Jesús?
  3. ¿Cree que el Holocausto es un invento?
  4. ¿Cree que el Holocausto existió por algo que hicieron los judíos?
  5. ¿Cree que el Estado de Israel no debe existir?
  6. ¿Cree que está bien que apuñalen judíos?
  7. ¿Cree que los judíos no son ciudadanos de su país?

Si usted respondió afirmativamente al menos una de esas preguntas le tengo noticias: es antisemita.

Y como usted, millones de otras personas ayudan a perpetuar el odio irracional contra los judíos. Espero que este escrito le ayude a informarse y si es posible, cambiar.

 

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