Este 4 de mayo, tanto en Israel como en las comunidades judías del mundo se conmemora Yom Hashoá, traducido como Día del Recuerdo del Holocausto, en el cual se rinde tributo a los 6 millones de víctimas de este pueblo en manos de la barbarie nazi y sus cómplices durante la Segunda Guerra Mundial, de 1939 a 1945.

Cuando uno piensa en la tortura y muerte de cada una de esas personas, de las cuales casi dos millones fueron niños de todas las edades, es casi imposible entender las razones que tuvieron sus victimarios y el compromiso de odio que los unió para perpetrar estos crímenes contra los judíos.

Alguna vez leí que una de las razones pudo ser que dejaron de verlos como personas, gracias a las campañas mediáticas y los discursos incendiarios que equiparaban a los judíos con ratas y deshumanizaban así el acercamiento a estos.

Ya no eran sus vecinos, sus profesores, sus amigos de escuela y colegio, sus médicos, sus escritores o músicos, sus dentistas, sus costureras o panaderos, sus filósofos o sicólogos. Eran simplemente judíos que debían aniquilarse por el simple hecho de serlo.

Basta mirar los documentales de la época, con las multitudes hitlerianas hipnotizadas por los discursos antisemitas de su amado Fuhrer y sus secuaces, para entender esa alucinación colectiva que los llevó a canalizar todas sus frustraciones sociales y personales hacia un objetivo común.

Hago la salvedad que no fueron solamente los judíos las únicas víctimas del nazismo y que otros varios millones de seres humanos fueron asesinados por sus creencias religiosas, políticas, sus preferencias sexuales o discapacidades, bajo el lema de crear una “sociedad aria pura”, basada en estereotipos tan irreales que pocos realmente los cumplían, pero que mayoritariamente anhelaban.

Paradójicamente, la sociedad alemana era posiblemente la menos antisemita del centro de Europa, y en esa nación antes de la Shoá los judíos estaban plenamente integrados en todas las ramas del quehacer académico, científico, cultural, militar, económico y demás.

Los judíos alemanes se sentían mucho más alemanes que judíos, a diferencia de sus correligionarios rusos, polacos, ucranianos o húngaros, donde el antisemitismo era un mal crónico que acarreaba persecuciones constantes, muertes y discriminación durante siglos.

Ese antisemitismo se remonta al prejuicio y odio esparcidos esencialmente por la Iglesia católica y secundados por los intereses de zares y reyezuelos, que acusaban a los judíos de la muerte de Jesús, ritos inmorales y otras mentiras que se hicieron parte de la memoria colectiva y propiciaban atrocidades contra ellos.

Conste que esos mensajes antisemitas se siguen esparciendo a pesar de que en los últimos años la iglesia católica ha hecho un esfuerzo por borrar tan nefasto pasado y se refieren ahora a la filosofía judeocristiana como la fuente de su fe, cosa que negaron durante siglos.

Luego de la Segunda Guerra mundial y siendo el pueblo más castigado en víctimas mortales por el odio nazi, las Naciones Unidas acuerdan que los judíos tienen el derecho a una nación propia en la tierra ancestral de la que sus antepasados fueron expulsados por el Imperio romano en el año70 DC (después de Cristo).

Acuerdan también que esa tierra debe partirse en una nación judía y otra árabe (no palestina), y trazan la división geográfica que en ese momento divide Jerusalén y otras zonas. En ese momento, la llamada Palestina (nombre dado por los romanos a Judea para borrar toda raíz judía en la zona luego de su expulsión) estaba bajo mandato británico, y con la salida de los últimos soldados ingleses el 14 de mayo de 1948 se da la declaración de independencia del nuevo Estado de Israel.

Este acepta las condiciones de las Naciones Unidas, cosa que no hacen los países árabes de la zona y Egipto, Transjordania, Siria, Irak y Líbano invaden la nueva nación judía pocas horas después de su nacimiento, en la primera de varias guerras que se darían en los próximos casi 50 años.

Durante los siglos anteriores al surgimiento del Estado de Israel siempre hubo judíos en esa tierra, aquellos que se quedaron a pesar de la expulsión romana y los que fueron llegando al huir de las persecuciones europeas o los que querían fundar una nación socialista judía.

También había árabes y todos estaban bajo el dominio de algún imperio, fuera el otomano durante varios siglos y finalmente el británico. La entonces Palestina, desértica y poco productiva, empezó a ser cultivada muchas veces de manera conjunta, por los habitantes judíos y árabes, y hubo tiempos de relativa paz y convivencia, pero tanto los unos como los otros consideraban que, en última instancia, esa diminuta geografía les pertenecía y no necesariamente se podía compartir.

Es también por eso que durante los siglos de otras dominaciones se dieron enfrentamientos entre ellos, aunque en otros momentos se unían para pelear contra el enemigo común del momento.

La gran diferencia radicó en que al darse la partición geográfica por las Naciones Unidas, los judíos aceptaron tener un país minúsculo pero propio en su tierra ancestral, y los árabes no.

Si se busca cualquier referencia histórica a lo sucedido durante esos años se verá que tanto esa primera guerra como las siguientes fueron entre judíos y árabes, no hay un pueblo palestino peleando en ellas, porque en realidad los palestinos de esas épocas eran los habitantes de la antigua Palestina romana, árabes o judíos.

De hecho, con el surgimiento del Estado de Israel, casi un millón de judíos que durante siglos habían vivido en los países árabes fueron perseguidos, expulsados o asesinados en la década de 1950.

Los que sobrevivieron buscaron refugio en la nación judía, que entonces se convirtió en un crisol de culturas, a las que se unieron otros perseguidos en épocas más recientes, como los rusos que huyeron del estalinismo, y más recientemente los franceses o belgas que dejan Europa por los ataques terroristas contra judíos y el renacer de un antisemitismo impulsado por la extrema derecha y los extremistas musulmanes.

Pero no seamos ingenuos y queramos pensar que en medio del surgimiento del Estado de Israel y los recientes acontecimientos el antisemitismo desapareció, porque lejos de ser así encontró un nuevo disfraz para esparcir su odio atávico.

Con el inicio del terrorismo de la llamada Organización para la Liberación de Palestina a partir de los años 70, el mundo empieza a escuchar de un pueblo que antes no conocían, el palestino, que surge esencialmente de los árabes expulsados por el Estado de Israel durante los conflictos iniciales, y de otros que no fueron aceptados por las naciones vecinas.

Se empiezan a formar campamentos de refugiados alrededor de la frontera israelí y como una olla en ebullición esos jóvenes que nacen en condiciones tan difíciles, y que se sienten rechazados por unos y otros, empiezan a formar células terroristas con el apoyo de los mismos países árabes que no los quisieron como ciudadanos, pero los necesitan para tratar de destruir a la nación judía que es el enemigo común.

Entonces el antisemitismo que trae los vestigios del odio religioso y las absurdas mentiras promovidas por otras religiones contra el judaísmo, encuentra ahora una forma política y que permite calar de otra manera en las mentes de millones de personas, que abiertamente se declaran antiisraelíes, pero no antisemitas… como si de esta manera se pudiera obviar que el Estado de Israel es judío y por tanto ser antiisraelí es ser antisemita, así de sencillo.

Israel pasa de ser un país admirado y un ejemplo en el mundo en muchos aspectos a ser una nación repudiada, donde solamente se la relaciona de manera negativa con el llamado, ahora sí, conflicto palestino.

Paralelamente durante el siglo XX se dan enormes migraciones de musulmanes a Europa, promovidas inicialmente por las naciones con sus ex colonias, y  que bajo el emblema de apertura esconden razones más terrenales. El continente está dejando de reproducirse, sus habitantes no quieren tener niños del todo o quieren muy poquitos, por lo que en unos años y no tantos, no habrá suficiente mano de obra en la mayoría de países.

Claro, esta promoción se hace con los estándares europeos de respeto a las culturas (al menos así lo indican sus declaraciones republicanas), pero a la vuelta de los años, y hablamos de menos de 50, Europa está llena de musulmanes, muchos de los cuales se han integrado a las culturas de los países que los acogieron y llevan su fe como parte de sus vidas.

Pero otros se han ido al extremo y hoy están plenamente involucrados en grupos terroristas como Isis, encabezando sangrientos atentados como los recientes de París y Bélgica, que tanto conmovieron a Occidente, aunque sabemos que todos los días se dan otros similares o peores en Siria, Iraq, Pakistán y otras naciones de la zona de beligerancia.

Estos grupos buscan establecer un imperio musulmán, lo que llaman una yihad, y en este no hay lugar para católicos, protestantes, evangélicos, judíos o cualquiera que no abrace su fe por nacimiento o, en pocos casos, por conversión. Para ellos, todos somos infieles y debemos morir.

Isis se vale de las redes sociales para reclutar a sus seguidores, y de estos miles provienen de lo que muchos llaman Eurabia. Y en sus mensajes también prevalece el antisemitismo, el odio al judío solo por serlo.

Así las cosas, podemos pensar que las muertes, las atrocidades, el exterminio de seis millones de judíos hace menos de 80 años, no nos han enseñado nada, y en mi criterio, lo único que hace la diferencia es la existencia del Estado de Israel.

Las permanentes campañas de desprestigio en foros internacionales y universidades, el boicot a sus productos y otras situaciones que parten de posiciones antiisraelíes- antisemitas son difíciles de entender, cuando por otro lado nada se dice de las atrocidades de Hamas que gobierna Gaza, o de la Autoridad Palestina incitando a apuñalar judíos.

Las Naciones Unidas hace mucho dejó de ser imparcial u objetiva cuando se trata de Israel y rápidamente se compra los argumentos contra esta nación, muchas veces sin  hacer las consultas correspondientes y respondiendo a intereses de otras naciones que tienen un rango de influencia mayor y que, esencialmente son musulmanas.

Yo no dudo que hay un conflicto importante, casi un estado de guerra permanente entre Israel y Hamas, tampoco dudo que debe buscarse una negociación con la Autoridad Palestina para el establecimiento de un estado palestino, porque es de los males, el menor.

Pero estoy convencida que detrás de todos los argumentos políticos contra el país, Israel, sigue imponiéndose el antisemitismo que se esparció por el mundo hace ya muchos siglos y que aun está sembrando odio todos los días.

Hoy el Estado de Israel tiene más de seis millones de habitantes judíos en su territorio, pero le llevó casi 80 años recuperar si es que vale ese término, las vidas que se perdieron en la Shoá.

Esta pérdida es terrible y por eso cada año el pueblo judío se enluta por el recuerdo de cada una de estas víctimas, para muchos sus abuelos, padres o hermanos.

Por eso, quiero dejarle acá unas pocas preguntas para que las responda con la debida honestidad:

  1. ¿Cree que los judíos son malos?
  2. ¿Cree que los judíos mataron a Jesús?
  3. ¿Cree que el Holocausto es un invento?
  4. ¿Cree que el Holocausto existió por algo que hicieron los judíos?
  5. ¿Cree que el Estado de Israel no debe existir?
  6. ¿Cree que está bien que apuñalen judíos?
  7. ¿Cree que los judíos no son ciudadanos de su país?

Si usted respondió afirmativamente al menos una de esas preguntas le tengo noticias: es antisemita.

Y como usted, millones de otras personas ayudan a perpetuar el odio irracional contra los judíos. Espero que este escrito le ayude a informarse y si es posible, cambiar.

 

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Mariana Lev

Periodista, relacionista pública, poeta
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