Hoy, 14 de setiembre de 2016, miles de niñas y niños costarricenses, jóvenes, padres y madres de familia, además de maestros y maestras, vivieron emotivos momentos al conmemorar 195 años de la independencia de Costa Rica de España, que marcó el camino hacia la democracia que todos vivimos, una de las más añejas y sólidas del mudo.

Mañana es la fecha oficial del Día de la Independencia, como lo llamamos, y habrá discursos y desfiles, pero mayoritariamente, fue hoy que las escuelas y preescolares celebraron esta fecha trascendental.

Cuando busqué a mis nietos luego de estas actividades, ella vestida de campesina y él con chonete, ambos estaban felices, radiantes, orgullosos de ser parte de esta nación.

A sus apenas tres años, mi nieto me dijo: “Vivimos en el mejor país porque somos libres”.

Y nadie puede decirlo con mejores palabras, a los costarricenses nos define la libertad.

Entonces, como siempre, esta breve reflexión de un adorado niño me hace pensar acerca de muchas otras cosas.

¿Qué es la patria? ¿Es el lugar físico donde nacemos o aquél al que llegamos por distintas circunstancias y se convierte en nuestro hogar?

Mis abuelos nacieron en Polonia y dejaron esa que era su patria, donde estaba su casa, su familia, su historia, por un lugar totalmente desconocido, con un idioma y costumbres ajenas a las suyas. Llegaron con sus apellidos judíos que a los costarricenses les sonaban extraños o chistosos.

Pero amén de algunos hechos antisemitas que tiñen la consabida tolerancia nacional, fueron bien recibidos y al igual que muchos otros inmigrantes de antes y después de la Segunda Guerra Mundial, sintieron que habían encontrado su patria en Costa Rica.

Sus hijos, como mi padre, fueron a las escuelas josefinas y muchos de sus amigos de infancia y del resto de sus vidas eran vecinos o compañeros de infancia.

También se convirtieron en parte de los primeros profesionales que graduó la Universidad de Costa Rica y se involucraron en la vida del país de muy distintas maneras, como hoy lo hacemos sus descendientes.

Costa Rica es un crisol de culturas e identidades que incluye chinos, afrodescendientes, inmigrantes de distintas naciones latinoamericanas, europeos y demás.

Nadie puede decir o permitir que le digan a otro ser menos costarricense, hayan llegado sus familias 500 años atrás o en los últimos seis meses.

Tan tico es el apellido castizo como el de cualquier otra identidad. Porque si nos ponemos de verdad serios los únicos dueños de estas tierras fuero los huetares, bruncas y chorotegas, que durante siglos ni siquiera fueron considerados ciudadanos de esta nación.

Y tan patriotas los pequeños que hoy desfilaron en pequeñas localidades del país y asisten a escuelas públicas, como aquellos que lo hicieron en centros privados. A todos los unió el mismo sentimiento de gratitud hacia la tierra que los vio nacer o los acogió a temprana edad.

El mundo vive hoy una de las mayores crisis de desplazamiento humano, la más grave desde la Segunda Guerra Mundial, cuando la naciente Naciones Unidas fundó la Agencia para los Refugiados, conocida como Acnur, precisamente para tratar de reubicar a los sobrevivivientes del genocidio nazi, en su mayoría judíos que habían perdido todo durante la hecatombe.

Millones de seres humanos deben dejar sus hogares, lo que consideraron hasta ese momento su patria y abandonar todo lo que hasta ese entonces fue su vida, saliendo hacia una enorme incertidumbre y angustia.

Millones de estos nuevos apátridas, como se denomina a los que carecen de una patria, son niños, y deberán crecer en campamentos de refugiados o tal vez, si las naciones se solidarizan, encuentren un sitio para optar a una nueva vida. Otros miles tal vez no lleguen a concluir la etapa adulta en medio de mudanzas y dolorosos rechazos.

Sea lo que suceda con ellos, cuyas historias llenan las noticias diarias, siempre tendrán a su espalda ese sentimiento de abandono, de dejar lo que les pertenecía para lanzarse a un mundo desconocido y muchas veces hostil.

Mis abuelos y cientos de apátridas judíos que llegaron a Costa Rica a finales de la Segunda Guerra Mundial tuvieron suerte, encontraron una tierra que los abrigó como nuevos hijos y les permitió empezar una nueva vida. Otros muchos no toparon con el mismo destino.

Por eso, cuando mi nieto me miró hoy con sus hermosos ojos verde azulados y con total aplomo me declaró su patriotismo, no pude menos que unirme a su sentimiento y decir: Gracias Costa Rica.