Hoy, 8 de marzo de 2017, millones de mujeres en el mundo conmemoramos el Día Internacional de la Mujer, mientras otros tantos millones no tienen idea de su existencia.

La historia de la mujer está llena de injusticias, omisiones y tergiversaciones, que las mantuvieron y en muchos casos aun lo hacen, envueltas en vergonzosas sombras.

Para algunas culturas fueron diosas, amazonas, las matriarcas de las sociedades ancestrales; se les rindió culto identificando su poder supremo de fertilidad y procreación.

Pero para la cultura occidental, enraizada en los aportes del judaísmo y cristianismo,  Eva, la prima dona de la creación divina, salió de un pedazo de costilla de Adán, una situación de por sí desventajosa, y por si fuera poco fue la instigadora del Pecado Original, castigando con este hecho a sus descendientes y siendo ella la más vilipendiada.

De ahí en adelante, la historia de la mujer es prácticamente aniquilada, salvo pocas excepciones, por una escrita absolutamente por los hombres, donde las féminas se convierten en procreadoras o mercancía de cambio, lo que aun se mantiene con otros disfraces en muchas sociedades.

Si bien Occidente en primera instancia y luego otras muchas naciones avanzaron hacia regímenes más participativos,  donde las mujeres son parte de la fuerza laboral, siguen sobrellevando el peso de la discriminación salarial y humana.

Según las Naciones Unidas, este Día Internacional de la Mujer tiene como lema “Las mujeres en un mundo laboral en transformación: hacia un planeta 50-50 en 2030”.

Nuestro mundo actual fue definido por la revolución industrial, el evento histórico más transformador en términos económicos, tecnológicos y sociales de la historia de la humanidad desde el período Neolítico, que se inició en la segunda mitad del siglo XVIII en el Reino Unido y concluyó entre 1820 y 1840, sentando as bases del desarrollo de estas sociedades y las demás hasta la fecha.

A partir de ese momento, quedó relegada la vida rural, donde los agricultores eran en su mayoría, propiedad arte de feudos y señores, significando grandes masas de población en condiciones de pobreza y dependencia.

También perdieron fuerza las monarquías todopoderosas y surgieron burgueses y proletarios, como parte de una nueva fuerza laboral, generalmente urbana, donde los patronos pasaron a ser las pequeñas, medianas y grandes industrias.

Los hombres y mujeres que se incorporaron como trabajadores, dejaron de luchar las batallas de sus señores para pelear las propias.

Sin embargo, como es bien  sabido, las mujeres siempre han debido dar una doble pelea, siendo obreras al lado de sus compañeros, y como féminas muchas veces enfrentadas a estos, dadas las múltiples vejaciones que han sufrido en estas supuestas mejores condiciones de vida.

Hoy, lejos ya de las máquinas de vapor y cada vez más cerca de la total automatización de muchos procesos industriales, el mundo enfrenta los retos que ofrecen los grandes avances tecnológicos y la llamada globalización.

Pero este hecho tampoco ha representado mejoras para todos los trabajadores del planeta, sino que para millones de seres humanos son nuevas formas de esclavitud y discriminación, especialmente en naciones  cuya mano de obra es tan barata que atrae a las grandes compañías, sin que esto signifique un incremento en los ingresos o mejorías en la calidad de vida para la mayoría de ciudadanos

Y como ha sido usual en la historia, las mujeres son las más afectadas por estas condiciones, como responsables de llevar el sustento a sus hogares, ya sea al lado de sus parejas o en una infinidad de casos, solas.

Uno de los problemas más serios que enfrentamos hoy es la falta de equidad en la repartición de la riqueza, donde la concentración de capitales se contrapone a la pobreza de millones de personas, evocando las épocas del poderío monárquico y feudal.

Como hemos dicho, los avances tecnológicos presentan condiciones y oportunidades impresionantes para las naciones y personas que tiene  acceso a estas transformaciones, sobretodo dentro de un mundo global, pero las mujeres siguen siendo el grupo más afectado en términos de desigualdad y falta de equidad.

Según Naciones Unidas, hoy solo 50% de las mujeres en edad de trabajar están incluidas en la población activa mundial, en contraposición a 76% de los hombres. Además, la mayoría de mujeres es parte de la economía informal, sin garantías laborales o sociales, teniendo que subvencionar con sus escasos recursos el cuidado de sus hijos y el doméstico.

Si a esto sumamos que millones de personas no tienen acceso a educación, agua potable, medicamentos y otros beneficios de las sociedades más desarrolladas, podemos entender que, a pesar de tantas revoluciones, la de la mujer aun está en proceso.

Más aun, estas condiciones calamitosas afectan directamente su subsistencia, la de sus hijos y el desarrollo sostenible del planeta.

En ese sentido, es loable que Naciones Unidas haya señalado este 8 de marzo como “una fecha para acelerar la igualdad de género, por un planeta 50-50 en 2030, y  para garantizar que el mundo laboral beneficie a todas las mujeres”.

Sin embargo, estas son palabras bonitas, elocuentes y motivadoras, pero nada más.

La verdadera lucha de las mujeres debe iniciar desde su propio reconocimiento, como protagonistas y hacedoras de una historia donde se las condenó y sigue condenando a un rol secundario o nulo.

No salimos de un pedazo de costilla de nadie y jamás debemos inculcarles a nuestras hijas ese pensamiento.

La historia de la humanidad se viene escribiendo con letra de hombres y mujeres, ninguna más importante que la otra.

No debe haber sombras, ni silencios alrededor de lo que las mujeres han hecho y siguen haciendo por el desarrollo de este mundo.

El 8 de marzo es una fecha para recordarlo, pero nada más que eso.Sus luchas son cotidianas, muchas veces mortales. No lo debemos olvidar.

 

 

 

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Mariana Lev

Periodista, relacionista pública, poeta
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