A la distancia

 - by Mariana Lev

Costa Rica acaba de elegir como su presidente 48 a Carlos Alvarado, en una elección sin precedentes, pero que sin duda ha sentado uno.

Una primera ronda electoral dejó fuera de circulación a los candidatos de los partidos tradicionales, llevando a una confrontación inédita en la historia política de esta democracia latinoamericana, entre el pastor evangélico Fabricio Alvarado de Restauración Nacional; y Carlos Alvarado, candidato del oficialista Partido Acción Ciudadana, PAC, ganador de ésta con más del 60% de los votos.

Hace cuatro años el país también vivió un viraje político inesperado, cuando el electorado percibió que el duelo final sería entre el Movimiento Libertario y Frente Amplio, a la derecha e izquierda del espectro electoral.

Este temor terminó con una segunda vuelta entre Luis Guillermo Solís, candidato del PAC y quien emergió de una posición distante para enfrentarse con el de Liberación Nacional, Johnny Araya, quien anticipando su derrota decidió retirarse de la contienda.

La segunda ronda fue también inusual ya que Liberación Nacional no tenía candidato pero pedía votos, mientras Solís salió por todo el país en busca del millón de votantes para validar su triunfo más allá del retiro de su contrincante, lo que finalmente logró.

Sin embargo, con una Asamblea Legislativa atomizada en nueve fracciones parlamentarias, entre estas la del partido evangélico Restauración Nacional,  y la inexperiencia de un primer gobierno ajeno al bipartidismo, el mandato de Solís no está terminando de forma feliz, sino que por el contrario, deja descontento y frustración, además de estar ensombrecido por uno de los más grandes casos de corrupción de la historia reciente del país, conocido como “el cementazo”.

La pregunta lógica en todo esto sería cómo llega el candidato del PAC en esta contienda, habiendo sido jefe de campaña de Solís y su ministro, a convertirse en el ganador de esta segunda ronda, cuando el gobierno sale mal parado en credibilidad, rendimiento y ejecución de obra.

Acá entra en juego su contrincante final, por un lado, y el enorme desgaste de los otros partidos, que no lograron sobrepasar los mínimos indispensables para la segunda ronda.

Repasemos rápidamente los últimos resultados de la primera ronda, emitidos por el Tribunal Supremo de Elecciones de Costa Rica al finalizar el conteo de todas las mesas de votación el pasado 23 de febrero, donde se contabilizaron 2.182,764 votos, un 65,7% de votantes y un  34,3% de abstencionismo nacional.

Para asombro de la mayoría costarricense, el partido Restauración Nacional, encabezado por Fabricio Alvarado, pastor evangélico, cantante y periodista, obtuvo un 24,9% de votos; Acción Ciudadana, con el comunicador, politólogo y escritor Carlos Alvarado, un 21,6%; Liberación Nacional 18,6%, Unidad Socialcristiana 15,9%, Integración Nacional 9,5%, Republicana Socialcristiano 4,9%, Movimiento Libertario 1% y Frente Amplio 0,7%. Otros cinco partidos obtuvieron menos de esos porcentajes de votación.

Entonces, de esta primera ronda electoral lo más impresionante fue el ascenso de Restauración Nacional, luego el segundo lugar del PAC a pesar de las enormes críticas y denuncias, así como el descenso del bipartidismo tradicional representado por Liberación Nacional y la Unidad Socialcristiana durante más de treinta años, y el desplome del Movimiento Libertario y del Frente Amplio.

Con respecto a la conformación de la futura Asamblea Legislativa costarricense, en el último conteo del Tribunal Supremo de Elecciones del 23 de febrero se sumron 762,348 votos, con un 68,3% de votantes y 31,6% de abstencionismo.

De acuerdo a esos resultados, la nueva camada de diputados a partir del 1 de mayo próximo estará conformada por 17 legisladores de Liberación Nacional, 14 de Restauración Nacional, 10 de Acción Ciudadana, 9 de la Unidad Socialcristiana, 4 de Integración Nacional, 2 del Republicano Socialcristiano y 1 del Frente Amplio. Más del 10 partidos que participaron en las elecciones legislativas quedaron fuera del Congreso, incluyendo al Movimiento Libertario que tuvo representación durante los últimos cinco gobiernos.

Con este panorama político se enfrentaron durante los últimos dos meses los candidatos que comparten apellido pero nada más.

Fabricio Alvarado se fortaleció con una posición ortodoxa que es común a muchas iglesias que se oponen al matrimonio homosexual y también de muchas formas a los derechos de las personas de la comunidad LGTB, haciendo hincapié en el rol de la llamada familia tradicional y los valores de su fe. Por su parte, Carlos Alvarado llevó un mensaje enfocado a la apertura, la tolerancia, la reconciliación, abogando por un gobierno de unidad; lo que reforzó al recibir el respaldo del ex candidato del partido Unidad Socialcristiana, Rodolfo Piza, y manteniendo alguna distancia del actual gobierno.

Fue una campaña dura, difícil, que exacerbó los ánimos de muchos y preocupó a todos de distintas formas. Para unos se trató de una especie de guerra santa donde un pastor erigido en especie de mesías electoral venía a rescatar a una sociedad decadente; para otros, de dar una lucha contra la intolerancia y la discriminación de la que podrían ser objeto muchos ciudadanos, con un gobierno sesgado en términos de derechos, género y sexualidad.

Hoy Costa Rica ya tiene su decisión tomada y de una manera similar a como llegó Luis Guillermo Solís al gobierno en 214 lo hará su sucesor y amigo Carlos Alvarado. Solís triunfó donde el país quería un cambio pero no hacia los extremos; Alvarado lo hace donde el país impone la tolerancia.

Eso no quiere decir que lo que viene sea bueno. Si Alvarado no logra crear una verdadera unidad para gobernar, algo de lo que se habló profusamente en la campaña de 2014 y no se dio, es posible que enfrente serios problemas al tratar de poner en marcha su programa de gobierno.

Los líderes de Liberación Nacional en su mayoría le dieron su respaldo a Fabricio Alvarado y ambas fracciones parlamentarias suman 31 diputados, mientras que el PAC y el PUSC  apenas 19, lo que requerirá de negociaciones importantes con los 7 legisladores restantes y aun así serían 26 contra los dos grupos opositores.

Además, es posible que el caso del “cementazo” avance en los medios judiciales y esto podría llevar al enjuiciamiento de personas muy cercanas a este segundo gobierno del PAC.

Pero más allá de todo este periplo lectoral, que a la distancia a veces parecía una opereta de mal gusto, está un país cansado, con varias generaciones que han crecido bajo lo que el politólogo Rodolfo Cerdas llamó “el desencanto político”.

Desde el “porta a mí” que ha llevado a un abstencionismo arriba del 30% en la mayoría de las recientes elecciones y menor involucramiento en la vida política, hasta el que ahora en esta última campaña, con la primicia de un pastor candidato, miles de ciudadanos salieran a buscar un salvador, no un presidente, y esa es una señal sumamente peligrosa para una democracia.

Yo no pongo en duda que en las iglesias de todo tipo hay personas muy bien intencionadas, como otras que no lo son. En Costa Rica las grandes reformas sociales que se realizaron en la década de 1940 durante el gobierno del Dr. Rafael Angel Calderón Guardia tuvieron el respaldo del Arzobispo de San José, Víctor Manuel Sanabria, gran reformador social que llevó a la firma del artículo sobre las Garantías Sociales en la Constitución Política del país.

Y no debemos olvidar que el presidente Solís tuvo a su lado como jefe de campaña y ministro de la Presidencia al obispo luterano Melvin Jiménez, quien renunció por serias críticas en 2015.

Hay otros casos en la historia costarricense de políticos salidos del púlpito, aunque no son muchos. Pero cuando el púlpito se convierte en trinchera política y se mezclan los temas nacionales con la fe, estamos en problemas.

Esto sucedió en la reciente campaña, generando mensajes que distaban mucho de los que debe emitir un guía espiritual cuando está en ese rol. Y menos un candidato a la presidencia de un país.

Y dejo aquí algunas reflexiones elementales:

Los derechos de las minorías deben resolverse en las instancias políticas y judiciales correspondientes, no en el púlpito.

El déficit fiscal abrumador que se come al país, debe resolverse en las instancias políticas, económicas y financieras correspondientes, no en el púlpito.

El enriquecimiento ilícito, la corrupción, el tráfico de influencias, se resuelven en los tribunales, no en el púlpito.

La pobreza que enluta a casi 400 ooo costarricenses se resuelve en las instancias políticas, económicas y asistenciales, no en el púlpito.

Costa Rica se llevó un susto. El país vio cómo podía dividirse a partir no de las posiciones ideológicas que han sido la base de las votaciones históricas, sino por la fe, que debe quedar en los recintos religiosos.

Ojalá sea una lección aprendida.

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Mariana Lev

Periodista, relacionista pública, poeta
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