5779

 - by Mariana Lev

Esta cifra así en seco, probablemente no le dice nada a millones de seres humanos, pero es de gran trascendencia para una de las minorías del mundo, el pueblo judío.

El 9 y 10 de setiembre los judíos celebramos la llegada de un nuevo año, el 5779, a partir del nacimiento del judaísmo, entendido como la religión, tradición y cultura del pueblo judío. Su práctica religiosa se basa en cumplir con los preceptos bíblicos de la Torah o Pentateuco, uno de los tres libros que conforman el Tanaj o Antiguo Testamento.

El judaísmo es la más antigua de las tres religiones monoteístas, originadas en Medio Oriente y conocidas como “religiones del Libro o Abrahámicas”. Tanto el cristianismo como el islam, derivan del judaísmo, pero el judaísmo surge miles de años antes del cristianismo -basado luego de su muerte, en la vida y enseñanzas del judío Jesús de Nazaret, a mediados del siglo I d.C- y del Islam, fundado por  Mahoma en el año 622 en La Meca, actual Arabia Saudita.

Aunque fue la primera religión que rompió con el politeísmo, el pueblo judío está conformado actualmente por 14 millones y medio de personas, cerca de dos millones menos que en 1939 cuando la población judía mundial se calculaba en unos 16 millones. Con el genocidio causado por el régimen nazi entre 1939 y 1945, 6 de los 9 millones de judíos europeos fueron aniquilados.

Por otra parte, el cristianismo cuenta hoy con 2400 millones de fieles y el Islam con 1400 millones, siendo las dos religiones con más seguidores en el mundo.

En estos 5779 años de vida, el pueblo judío ha sufrido exterminios, persecuciones, rechazos, calumnias, infamias y otras enormes vejaciones, que se disfrazan con muchos nombres pero se resumen en antisemitismo.

El pueblo judío se estableció en Canaan y Judea durante miles de años, donde su religión y cultura floreció, teniendo como su centro espiritual a Jerusalén. Pero la tierra ancestral fue objeto de dominaciones asirias, griegas y romanas que los judíos enfrentaron a través de la historia.

Sin embargo, durante el  dominio romano del 66-73 d.C. el pueblo se sublevó contra los opresores, pero al perder la guerra éstos conquistaron Jerusalén, destruyeron el Segundo Templo y aniquilaron a más de un millón de judíos.

A pesar de esta catástrofe y de que muchos abandonaron Judea o fueron esclavizados, los judíos se mantuvieron en su tierra y del 132 al 135 d.C. nuevamente pelearon contra los romanos, pero esta vez el emperador Adriano los venció, expulsándolos de su patria. El imperio convirtió a Jerusalén en la colonia romana Aelia Capitolina y cambió el nombre de Judea por el de Siria Palestina, derivado de los filisteos, antiguos adversarios de los judíos.

Es en ese momento que la mayoría de los judíos son llevados a distintos confines del Imperio Romano y a duras penas empiezan a crear pequeñas comunidades en Medio Oriente y parte de Europa. Esta etapa se conoce como la diáspora, ya que se trata de una dispersión forzada y es a partir de ese momento que se genera un fuerte anhelo por retornar a su patria, lo que se transmite a muchas generaciones. De hecho, todos los años, al celebrar el año nuevo, los judíos decimos desde hace siglos: El año entrante en Jerusalén.

Al ir creciendo estas comunidades judías en Europa, los obligan a moverse básicamente dentro de éstas y se les denomina guetos. También les impiden poseer tierras o trabajar como agricultores. Al ser un pueblo acostumbrado a la lectura por la obligatoriedad del rezo, terminaron dedicándose a oficios como el comercio, peletería, sastrería, zapatería y otros.

Pero las persecuciones y asesinatos de judíos europeos fueron endémicas en Europa, donde debieron sufrir inquisiciones y pogromos, originados en el antisemitismo, que históricamente fue  tomando matices religiosos, políticos o económicos.

Aun así, en las naciones más avanzadas como Francia, Inglaterra o Alemania, los judíos empezaron a tener más derechos y con el tiempo pudieron asistir a escuelas, colegios y universidades del país, por lo que accedieron a profesiones como medicina, química, ingeniería, filosofía, arquitectura, leyes, literatura o artes plásticas; otros muchos también se incorporaron a los ejércitos de las que naciones donde fueron considerados ciudadanos.

Por otra parte, los judíos que se establecieron en Medio Oriente -en Turquía, Irán, Iraq, Siria,  Marruecos- no fueron perseguidos por muchos siglos, sino que se les permitió seguir con sus tradiciones al ser considerados uno de los “pueblos del libro”.

En 1947 y luego del horror del Holocausto donde murieron seis millones de judíos, la Liga de las Naciones aprobó la partición de Palestina en un estado judío y otro árabe, al dividir un territorio de unos 26000 kilómetros cuadrados y darle 14100 kilómetros cuadrados a los primeros y 11500 kilómetros cuadrados a los segundos. En ese momento no se hablaba de un pueblo palestino para denominar a los árabes que vivían en esa tierra, eso será mucho después.

No será hasta la década de los 1970 que se hablará del pueblo palestino como los habitantes árabes de esa zona.

Así decidieron repartir un territorio que luego de tres siglos de dominio otomano estaba bajo el Mandato Británico desde 1920, y donde vivían ahí algunos miles de judíos y árabes, siendo una región pobre, poco productiva y casi olvidada para el resto del mundo.

Pero no para los judíos, ya que desde finales del siglo XIX con el surgimiento del sionismo, definido como el retorno a Sión, cientos de jóvenes europeos estaban volviendo a la patria ancestral para desarrollar una nación socialista, lejos del antisemitismo. Con la ayuda de filántropos judíos estaban comprando tierras a los árabes, y en estas zonas desérticas empezaron a sembrar, a sacar agua de las piedras y a trabajar sin descanso para  concretar su sueño.

No eran religiosos, no llegaron con libros de rezos o esperaban que milagrosamente todo floreciera. Ellos creían en la igualdad social, en la libertad y en crear una nación donde no fueran perseguidos, una patria para ser ellos mismos.

Y no fue nada fácil porque las tierras estaban bajo el dominio británico y muchos entraron ilegalmente, además de que hubo enfrentamientos con los pobladores árabes.

Se dieron atrocidades por parte de todos y la tensión fue creciendo mientras más inmigrantes llegaban antes, durante y después de la Segunda Guerra mundial.

En este entorno difícil, tenso y lleno de incertidumbre, surgió el Estado de Israel el 14 de mayo de 1948, poco antes de que concluyera el Mandato Británico sobre Palestina.

La partición no fue aceptada por los vecinos árabes y el Estado de Israel, a escasas horas de ser fundado, enfrenta su primera batalla militar, la Guerra de Independencia, la cual gana.

En los años siguientes vendrán otras guerras, la de Suez, la de Los seis días, la de Yom Kippur, las del Líbano, los enfrentamientos con los grupos terroristas como Hezbolah y  Hamas que gobierna Gaza, desde que Israel salió voluntariamente de esa zona, las amenazas de Irán…

Muchas de las situaciones que se viven hoy en esta zona del mundo están enraizadas en todo lo anterior y ese peso histórico hace muy difícil encontrar balance, equilibrio o soluciones.

Pero la historia se impone. El pueblo judío cumplirá 5779 años en estos días. A todas horas alguien que se reconoce como judío, ya sea religioso, laico, ateo, llega al Estado de Israel y de acuerdo a la Ley del Retorno se convierte en ciudadano de este país de manera inmediata. Judíos de Europa, de América, de India, de China, de Etiopía, de Sudán, conviven en este pequeño país del que también soy ciudadana hace casi un año.

Hoy la población de Israel supera los 8,9 millones de habitantes, de los cuales un 20,9% son árabes y un 4,7% pertenecen a otras comunidades y religiones. Yo convivo diariamente con personas muy distintas en esta sociedad pluricultural y democrática. Mi hija está iniciando estudios en la universidad de Tel Aviv y gran parte de sus compañeros son jóvenes árabes israelíes con quienes está entablando amistad, así como también con drusos o israelíes de distintas naciones como Etiopía y Francia.

En este Año Nuevo miles de judíos de distintas partes del mundo e israelíes religiosos rezarán en el Muro de los Lamentos, único vestigio del Segundo Templo destruido por los romanos. Pero otros miles de israelíes que no son religiosos aprovecharán estas fechas para viajar fuera del país.

Israel es un verdadero crisol que aglutina sentimientos y pensamientos diversos. No es un país perfecto, pero sabemos que ninguno lo es. Lo que sí es una pequeña nación llena de vida y personas que lo llaman patria.

Durante miles de años los judíos fueron perseguidos por ser eso, judíos.

Durante miles de años no tenían opciones, su patria estaba destruida, dominada por otros. Pero conforme renació la esperanza también surgieron las decisiones, intrépidas e incluso suicidas para muchos, pero gracias a quienes lograron retornar, a aquellos orgullosos sionistas que cambiaron rezos por azadas, el Estado de Israel es una realidad. Todo judío donde quiera que esté sabe que aquí siempre tendrá su hogar.

Cada día se descubre algún nuevo tesoro arqueológico que comprueba la existencia de vida judía en Israel hace miles de años y eso, para quienes no somos particularmente religiosos, es un símbolo fundamental de que vengamos de donde sea, esta es nuestra tierra ancestral.

Alguien me preguntó una vez qué significaba para mí ser judía y respondí in dudar un segundo: una identidad.

Feliz 5779

 

 

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Mariana Lev

Periodista, relacionista pública, poeta
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